«Nomen est omen» decían los romanos: El nombre es destino. De esa forma, Enrique Gómez Carrillo nombró sus personajes con sumo cuidado, indicándonos desde el inicio la característica iconoclasta de la novela. 

El Conde Teófilo Constantino de Tracia tiene su nombre basado en dos pilares de la historia religiosa del imperio bizantino: Teófilo (quien ama a Dios) fue Emperador entre 829 y 842, el último emperador iconoclasta1 que promulgó una serie de edictos que convirtieron en ilegal el culto de los íconos; Cons-tantino, que es el nombre del primer emperador cristiano de Roma (306-337), fundador de la iglesia católica y de la ciudad de Constantinopla, y es el nombre también del último emperador bizantino que murió en combate contra los turcos otomanos a la caída de la ciudad en 1453; y por último la región de Tracia, de donde proviene Teófilo, que es la región del imperio en donde estaba ubicada la ciudad de Constantinopla. 

 

La princesa Eudosia (en griego, la afamada) de la familia Cantacuceno, es hija de una de las casas más influyentes de Bizancio, enriquecida a partir de las campañas contra los húngaros y las cruzadas. Los Cantacucenos proporcionaron varios gobernadores y generales importantes, así como dos emperadores. Si bien Eudosia es un personaje secundario en la trama, que se mueve por los conflictos internos de Teófilo, es a través de ella que conocemos de los rituales domésticos de la alta sociedad del imperio de Oriente.

 

De esta forma Gómez Carrillo nos presenta dos personajes nobles, sumamente devotos de la iglesia ortodoxa a quienes ubica en medio de un período de intensa crisis política en Bizancio: 

 

Desesperado por los constantes ataques turcos, el emperador Alejo pidió ayuda al Papa Urbano II para que enviara voluntarios a reconquistar Jerusalén. Así llegaron los primeros cruzados en 1096 —lo que creó un peligroso precedente—. Posteriormente otros emperadores pedirían ayuda a Roma, la que se traduciría en más cruzadas: 1147, 1187 y la última que fue en 1202. 

 

Esta última cruzada, a diferencia de las otras que eran contra musulmanes turcos, fue usada para cambiar la balanza del poder interno del imperio. El Emperador Alejo IV, joven aún, solicitó la asistencia de los cruzados para reclamar el trono del imperio usurpado por su tío Alejo III, con la promesa de un cuantioso botín al vencer. Legendarias eran las riquezas del gran Imperio Bizantino. Los cruzados tomaron la ciudad sin mayor esfuerzo, apoyados por elementos leales al joven Emperador. Pero las arcas del imperio estaban vacías y el Emperador no tenía forma de pagar a los cruzados que al sentirse engañados saquearon la ciudad. Mataron al joven Emperador y a su padre Isaac II y se apoderaron del trono imperial, dando inicio a lo que luego se conocería como Imperio Latino, que habría de durar poco más de 60 años. 

 

Aunque el Emperador Miguel VIII logró recuperar el imperio de manos de los cruzados, el tesoro, como las fuerzas de defensa, estaban seriamente afectados. Por esta razón, cuando los turcos otomanos comenzaron su avance hacia Constantinopla, no tenía otra opción que contratar mercenarios. Así llegaron los catalanes. 

 

Los almogávares catalanes fueron considerados la mejor infantería de su época. Se caracterizaban por ser tropas de choque que combatían a pie, en una época cuando los ejércitos preferían la caballería. Tenían como jefe a Roger de Flor. Tras su llegada a territorio bizantino entraron en batalla contra los turcos, habiendo obtenido grandes éxitos en su lucha. En 1304, el emperador de Bizancio nombra césar a Roger de Flor, lo cual fomenta las intrigas palaciegas, pues se temía que los catalanes quisieran hacerse del trono como lo hicieron los cruzados 100 años antes. Tras pasar el invierno en Gallípoli, los almogávares planean regresar a su lucha contra los turcos, pero Miguel, hijo del emperador, invita a Roger de Flor a una celebración en su honor en Adrianópolis. Tras los festejos, unos mercenarios contratados para tal efecto, asesinan a Roger de Flor y a la guardia que lo acompañaba de unos 100 hombres: fue el 4 de abril de 1305. Los bizantinos confiaban que los almogávares, sin líderes, se rendirían. Pero éstos hicieron justo lo contrario: comienzan la llamada «venganza catalana». Arrasaron pueblos y aldeas, especialmente de la provincia de Tracia (de donde viene Teófilo Constantino). El Emperador mandó un gran ejército contra ellos, pero los almogávares se alzaron con la victoria matando a unos 26.000 bizantinos.

En esa batalla cae herido el joven conde Teófilo Constantino. De allí parte a Constantinopla en donde luego de recuperarse de las heridas se sumerge en el mundo de los placeres y las superficialidades de la corte bizantina. Dos años después, harto de esa vida «de pecado» y buscando la gracia de Dios, decide internarse en un monasterio del Monte Athos, único lugar donde para evitar las tentaciones sexuales, estaba prohibida la entrada a las mujeres. Pero el encierro y los suplicios a los que se somete por su fe le son insuficientes a Teófilo, que siente que Dios le llama a buscarlo en otros lares. 

 

Es el regreso de Teófilo Constantino del Monte Athos, luego de dos años de enclaustramiento en el monasterio, que nos ilustra la decadencia del imperio: las provincias arrasadas por los catalanes, sus cultivos quemados, sus aldeas destruidas, los hombres muertos y las mujeres violadas, contrastan con la imagen de opulencia y paz que vive la ciudad imperial. Teófilo ya no es el mismo de antes y repudia las frivolidades, ve con horror como los nobles ignoran la destrucción que reina afuera de las murallas y sumergen sus horas entre el hedonismo y las intrigas de índole religiosa.

 

La religión era uno de los rasgos más característicos de la civilización bizantina, la Iglesia y el Estado, el Emperador y el Patriarca, estaban fusionados en el poder, al punto que en algunos momentos de la historia llegaron a suplantarse en sus atribuciones. Fue un importante factor de cohesión política y social en el Imperio, pero también fue un factor determinante en su eventual colapso, cuando las diferencias religiosas llevaron a abiertos enfrentamientos y conspiraciones que debilitaron el poder civil, menguando su capacidad de respuesta ante la avanzada musulmana que venía de oriente. 

 

Teófilo Constantino, sintiendo el llamado de Dios, descubre que su amor por Eudosia lo acerca a la divinidad, porque, según sus propias palabras, «el amor es un lazo que nos ata a otro ser con un fervor igual al que nos une a Jesús». Convencido de haber encontrado la verdadera esencia de los evangelios —cercana a la visión actual del cristianismo—, decide confrontarse con los más intransigentes dogmas de la fe ortodoxa, de la misma manera que el nazareno se confrontó a los fariseos, y con el mismo resultado. 

 

Óscar Estrada, Santa Lucía, Honduras Julio 2014

El Evangelio del Amor

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