“Quemar libros y erigir fortificaciones es tarea común de los príncipes”, observaba Borges a partir de las obras del primer emperador de China, Shih Huang Ti. En su relato “La muralla y los libros”, recordaba que el gestor de la Gran Muralla China fue también quien pretendió abolir el pasado, erigiendo el principio de la historia con él al quemar los libros que atesoraban la ancestral sabiduría de su pueblo.

 

Resuena en la opinión de Borges el Príncipe maquiavélico que intenta conservar el poder a través de medios que, ética aparte, opriman la capacidad de resistencia. Pero tanto las ideas de El Príncipe, como la historia de todas las murallas levantadas desde Shih Huang Ti, nos hablan de dos aspectos que constituyen su realidad y que Borges las intuye.Cada muro, teniendo en cuenta la escala, es expresión de un símbolo claro de percepción de ciertas realidades como amenazas, manifestando en último sentido el temor de quien la construye. Nunca han sido metáfora de fortaleza, sino al contrario de fragilidad.

 

El Primer Emperador de China obsesionado con la inmortalidad, buscó en la descomunal empresa de la Gran Muralla y la quema de libros, detener la muerte, dado que “la corrupción no puede entrar en un orbe cerrado”. No obstante, y segundo, intentar contener las invasiones de los pueblos de las estepas del norte y desaparecer las ideas que pudieran subvertir su poder, fueron acciones “tan torpes, como inútiles”.

 

La Gran Muralla levantada y defendida con un coste de millones de vidas fue finalmente impotente cuando Kublai Kan penetró en 1271 la pétrea estrategia, fundando incluso la dinastía Yuan que duraría prácticamente un siglo. La historia de la ineficacia de la muralla se repetiría cuando los manchúes la atravesaron derrocando a la dinastía Ming en 1644. Si Shih Huang Ti pretendió inmortalizarse además con la quema de libros, estableciéndose como referente único en la memoria China, falló, pues la sabiduría de Lao Tsé y Confucio han llegado hasta nosotros con mayor fuerza. Temor e inutilidad serían entonces la significación última de un muro. Si preservar la vida era la intención de Shih Huang Ti con la construcción de la Gran Muralla, ésta se convirtió en el mayor cementerio del mundo. Si las mayores obras de ingeniería y despliegue militar apoyaban esta empresa, eran inútiles frente a la corrupción que alcanzó a los centinelas, que expuestos al cansancio, el temor, la soledad y las inclemencias del tiempo, podían convertir la vigía de las torres en colaboración con los nómadas para que realizaran sus incursiones.

 

Hoy la ironía de los muros nos vuelve a recordar que, justamente en el conocimiento de su desgracia se siguen levantando. Desde el muro de Cisjordania, hasta las vallas en Melilla y Ceuta, se agrieta el temor y la inconciencia de considerar a una parte de la humanidad como una amenaza. Decisión de abandonarse en la esterilidad de los límites que reclusos en su propia soledad, los lleva a considerar la libertad más un concepto, que una realidad. Y los muros no detienen su alcance en la arena de la política internacional. Cercados en nuestros hogares y en nuestras propias personas, ellos se instituyen al interior de cada uno como la verdadera sustancia de las cosas. Nos entendemos como ámbitos aparte, donde la línea divisoria entre la mente y el cuerpo pareciera muy clara, y como si la razón y las emociones fueran realidades en permanente contradicción. Nos hemos creado, como seres parcelados.

 

Evidenciado aquello, es imposible no exponer su trascendencia para la propia vida humana. Amurallados contra nosotros mismos, los otros y la naturaleza en su conjunto. Es la intención de Jorge Campos descubrir la herida por donde se agrietan las paredes y como diría el místico sufí Rumi, permiten ver donde entra la luz.

El muro abierto

$19.00Price
  • Cuentos breves de Jorge Campos, con ilustraciones de Angecarlm Medrano y Hazel Berríos.

© 2020 Casasola Editores LLC

  • Twitter Social Icon
  • Facebook Social Icon