Froylán Turcios (Juticalpa, Honduras, 1874-1943) es una de las figuras más emblemáticas de Centroamérica, región en donde, en las primeras décadas del siglo XX, los artistas, escritores e intelectuales mantenían canales de comunicación sumamente fluidos. Traslados de un país a otro; apoyos solidarios en caso de persecución política; oportunidades de laborar sin mayores trámites burocráticos; publicación mutua de trabajos en revistas y periódicos y cultivo de una franca amistad, fortalecida por una intensa bohemia en la que los dicharacheros contertulios —en sabrosas pláticas que mezclaban arte, política y gozo de vivir—, con frecuencia, eran sorprendidos por el clarear de un nuevo día. En buena medida, el sedimento que propició la interrelación fue el compartido sentimiento de pertenencia a una patria común. Casi sin excepción, en todos latía la añoranza de una patria sin fronteras, abortada en el siglo XIX por la fatal intromisión de  intereses espurios tanto internos como externos.

 

Dentro de ese marco de abierta camaradería y solidaridad, el prestigio de Froylán Turcios se consolidó por su brillante actuación en tres actividades de primer orden: difundió, con gran olfato estético y una fina percepción de las circunstancias de su época, lo más esclarecido de la cultura regional y universal; participó en la lucha anti imperialista y, adscrito al modernismo, procuró que su obra creativa se pudiese equiparar con lo mejor que se estaba realizando en distintas latitudes del continente americano. En los tres niveles, su gran plataforma, siguiendo la línea de los más preclaros ensayistas del siglo XIX, fue el hábil manejo de la comunicación periodística, tanto en periódicos del istmo centroamericano como en las revistas que fundó y dirigió y las cuales, gracias a la rigurosa selección de su contenido y a su adecuada difusión, pronto le ganaron un solvente prestigio nacional e internacional.

 

En el espacio político, además de su posición de defensa de la autonomía latinoamericana y de su contundente rechazo a los empréstitos norteamericanos en las revistas Hispano-América y Ariel, destaca, en 1924, su dinámico liderazgo como impulsor del Boletín de la Defensa Nacional, publicación que, respaldada por las plumas más esclarecidas de ese momento, movilizó a la ciudadanía hondureña en contra de la intervención estadounidense en el territorio nacional. También, en 1927, como gestor de la solidaridad internacional, su apoyo fue determinante en la ingente lucha que contra la ocupación norteamericana en Nicaragua libraba el «General de Hombres Libres», Augusto César Sandino.

 

En el rubro de carácter creativo, Froylán Turcios publicó varias obras en prosa y en verso. Hábil en el empleo de la técnica, sobresale en la factura de sus cuentos y relatos breves. Especialmente valioso, por la sabia dosificación de la ambigüedad y por la atmósfera poética que lo impregna, es el magistral relato El fantasma blanco (1911) en donde las fronteras entre el cuento largo y la novela breve terminan por confundirse sin desmedro de la calidad intrínseca del texto.  

 

Un año antes, en 1910, había publicado El vampiro, novela que, a ciento tres años de esa fecha, gracias a la feliz decisión de Casasola Editores, nuevamente sale a circulación desde una plataforma que, sin lugar a dudas, la internacionaliza. Frente a este hecho —que bien puede calificarse de extraordinario—, es pertinente preguntarse qué puede decir a las generaciones del tercer milenio una obra cuya temática explotaron,  hasta la saciedad, la novelística y la cinematografía de los siglos XIX y XX. Las respuestas pueden ser varias. 

 

Dado el poco desarrollo de la novela (cuyo paso inicial lo dio Lucila Gamero de Medina en 1883 con Adriana y Margarita), El vampiro representa un aporte significativo en el desenvolvimiento literario del país y, para justipreciarlo, se debe visualizar dentro del contexto social e histórico en el cual se desenvolvió la multifacética vida del autor. Al respecto, es pertinente considerar que Turcios, desde muy joven, adscribió los postulados románticos que, en sentido estricto, nunca abandonó (idealización de la figura femenina; preponderancia del sentimiento por encima de la razón; exaltación de lo lúgubre, del misterio y de la muerte; tamización subjetiva del paisaje, etc.). No obstante, supo asimilar la gran lección formal de Rubén Darío y revistió su escritura con los hallazgos realizados por el gran nicaragüense y por otros moder-nistas latinoamericanos.

 

Fecunda fue la incorporación de la oración y del párrafo breve mediante los cuales, especialmente a partir de Azul…, la prosa se volvió más tersa y dúctil al eludir los laberintos sintácticos de los textos con sobreabundancia de proposiciones complejas. Afortunada fue, también, la impregnación sensual de la palabra en la elaboración de imágenes y metáforas.

 

Pertrechado con el doble bagaje romántico-modernista, El vampiro, en Honduras, constituye una de las primeras incursiones en el campo de la literatura fantástica. El nudo principal de la trama, gracias a los elementos que pone en juego y que se anuncian en el título, revela el afán del autor por conectar la incipiente narrativa del país, tanto con la corriente fecunda de la literatura de misterio como con la mejor tradición de la lírica romántica y posromántica. De ahí la mención específica —incluso acudiendo al expediente de las citas textuales— de autores ya consagrados como Poe, Musset, Byron, Tennyson, D’Annunzio y Stefan George. En cierta forma, una manera de decirle al mundo que, en Honduras, la pequeña república que, desde la época colonial, carecía de prestancia literaria, se elaboraba una literatura que, con dignidad, buscaba ponerse a la par de la que se escribía en otras latitudes, aspecto que, al poco tiempo, con mejor acabado, ratificaría El fantasma blanco al cual nos referimos con anterioridad.

 

Las raíces, variantes o antecedentes de esas y otras interrogantes se pueden rastrear en la tradición de la  narrativa vampírica. No obstante, entre las preguntas  existe una que se aparta de los motivos que fueron surgiendo en torno al siniestro personaje creado por Bram Stoker. La misma se relaciona con el mundo mítico de los pueblos originarios de Mesoamérica y es esta: ¿la muerte casi simultánea del vampiro y del padre Félix estará en deuda con el nahualismo, esa misteriosa relación entre el animal y el ser humano que, además, lleva implícito el concepto de un yo que se desdobla? En este detalle, la obra de Turcios se aparta del enfoque usual de la figura del vampiro. Cuando el inmundo animal ataca a Rogerio, este forcejea y, agarrándolo, lo lanza a las fauces del perro Bravonel que lo tritura con sus poderosas mandíbulas. En ese momento, a cientos de kilómetros de distancia, muere el padre Félix, sacerdote libidinoso que, en varias oportunidades, presenta indicios que lo conectan con un vampiro.

 

Turcios conocía y valoraba los mitos indígenas. En El fantasma blanco, una de las lecturas preferidas del protagonista es el Popol Vuh. Además, no podía ignorar que, entre los lencas —la etnia más numerosa de Honduras en el momento de la conquista española— el nahualismo gozaba de gran relevancia, según lo consignó el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo.

 

Helen Umaña

El vampiro

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  • Publicación: Nov 01, 2013

    ISBN/EAN13: 0988781220 / 9780988781221

    Páginas: 172

    Binding Type: US Trade Paper

    Tamaño: 5.25" x 8"

    Lengua: Spanish; Castilian

    Color: Black and White

    Related Categories: Fiction / Suspense