Los símbolos románticos en la novela Edmundo (Guatemala, 1896) de José A. Beteta


El romanticismo europeo, surgido en la primera mitad del siglo XIX como parte de los cambios culturales que impulsó la revolución industrial[if !supportFootnotes][1][endif], y que se extendió unas décadas después a gran parte de Europa occidental y Estados Unidos, tuvo un impacto trascendental en la vida política y cultural de América Latina.

Opuesto desde su inicio a la estricta sistematización positivista que afirmaba que el único conocimiento auténtico es el conocimiento científico, en una época de grandes cambios políticos y económicos, enalteció la sensibilidad y el corazón, por sobre la razón[if !supportFootnotes][2][endif] y la rigidez de las normas de la cultura neoclásica[if !supportFootnotes][3][endif]. El romanticismo, como modo de ver la vida, la historia y la sociedad, reivindicaba la posibilidad de un conocimiento irracional, anteponiendo lo particular por sobre lo general, la afirmación del carácter dialéctico de la realidad y el conocimiento, y un historicismo absoluto, entendiendo éste como el producto de un devenir de la realidad comprensible sólo desde los antecedentes históricos.

Para la literatura romántica lo más importante era todo aquello que tenía que ver con la fantasía, lo irracional y la imaginación. Octavio Paz (1914-1998) definió el romanticismo en su libro Los hijos del Limo (1974), como «algo más que una estética y una filosofía: una manera de pensar, sentir, enamorarse, combatir, viajar. Una manera de vivir y una manera de morir».

En Hispanoamérica, el movimiento romántico concuerda con la etapa de las guerras independentistas y con el período posterior de organización de las nuevas naciones latinoamericanas, adquiriendo características muy distintas de las que presentaba en el continente europeo y en los Estados Unidos.

El punto de partida de la novela romántica hispanoamericana es Argentina, con Esteban Echeverría y su obra Elvira o la novia del Plata publicada en 1832. Más adelante Facundo (1845) de Domingo Faustino Sarmiento y Martín Fierro (1872) de José Hernández, terminan de constituir el denominado Romanticismo Social, muy importante en la construcción literaria del continente. Jorge Isaacs publicó María en 1867, con un tono más sentimental, provocando una serie de imitaciones en todo el continente, poniendo de manifiesto el deseo burgués de insertarse en la modernidad por medio de la riqueza. Y en Centroamérica, José Milla y Vidaurre publica en 1866 la novela romántica de corte histórico, La hija del adelantado.

En 1896, el abogado, político y magistrado guatemalteco José A. Beteta publicó en la tipografía nacional de Guatemala la novela Edmundo. En una época en donde el romanticismo comenzaba a decaer en el resto del mundo, dando lugar al naturalismo de Émile Zola y realismo de Honoré de Balsac, y el Modernismo de Rubén Darío alzaba su vuelo sobre la literatura hispanoparlante, Beteta nos presenta una de las obras literarias más interesantes del movimiento, muy pocas veces estudiada.

Escrita bajo el optimismo de los cambios legados por Justo Rufino Barrios[if !supportFootnotes][4][endif] con la revolución liberal en 1871[if !supportFootnotes][5][endif]. Transcurre en el año 1864, entre las ruinas[if !supportFootnotes][6][endif] de los edificios y conventos que permanecen a medio destruir después del último terremoto la ciudad de Antigua Guatemala; un ambiente oscuro y despiadado, en donde las esperanzas de libertad se encuentran oprimidas por la tradición colonial de la tiranía de Rafael Carrera y Túrcios.[if !supportFootnotes]

La novela trata sobre Edmundo, el hijo de una redimida cortesana, que llega con su madre a la ciudad a cobrar una herencia que les debe el párroco. El amor ha redimido a la prostituta Margarita (madre de Edmundo, que además desconoce el pasado de su madre), que renunció a su vida de pecado para alimentar con su amor de madre la virtud y el orgullo de su hijo.

Dice Margarita, al descubrirse vieja y débil:

...Cuando penetramos en la esfera del vicio, seducidas por los halagos del lujo y arrastradas por la magia de la riqueza y del placer, aturdidas por el ruido de los goces impuros, en medio del estrépito que forma en torno nuestro la pléyade de aduladores que se disputan nuestra belleza, no sabemos que puede llegar un día en que el amor de madre nos inspire el capricho de ser honradas, y que entonces seremos infelices, muy infelices. Porque dados los primeros pasos en la senda del vicio, no puede retrocederse, si no en fuerza de enormes sacrificios. ¿Y cómo borrar de nuestra mente el recuerdo horrible de un pasado licencioso? ¿Y cómo hacerlo olvidar a los demás? ¿De qué te servirá desprenderte de tus riquezas, cambiar tus costumbres depravadas y viles por hábitos de gente honrada, si llevarás siempre escrito el estigma con que la corrupción te marcó la frente?

más adelante sigue el monólogo de Margarita:

(...) ¡qué mujer que a un tiempo ha tenido muchos amantes puede decir aunque lo sepa, quién es el padre de su hijo? ¿Quién la creerá? ¿Cómo evita la desconfianza? ¡Gran Dios! Y cuando este hijo, abrumado por semejante revelación, quiera saber quién es aquella madre que sin embargo de haberla enseñado a amarla, no puede decirle el nombre del autor de su existencia, ella se verá forzada a guardar un silencio penoso; pero no faltará un conocido que le descubra el velo misterioso y le diga: «Tu madre era una muchacha pobre, hija de honradas gentes. Seducida por un noble huyó de la casa paterna, dejando a su familia hundida en el dolor y la vergüenza. A poco tiempo, cansado de ella, su primer amante la abandonó; ella tomó a otro aún más rico; y así fue caminando en el sendero resbaladizo de la prostitución...»

y concluye:

(...) Ella ha pisoteado con su planta todo cuanto existe de bello, noble, generoso y puro; y ahora la sociedad en cambio la rechaza de su seno y la maldice, y ahora busca en vano un padre para su hijo y no lo encuentra, y anda aislada, errante, sin hogar y sin pan… Y el hijo de mis entrañas vendría a mí y me diría: «Madre, madre, porque no me has ahogado en tu vientre en vez de darme una existencia oprobiosa y un nombre miserable?... ¿Qué le respondería entonces?...»

Por razón del difícil viaje realizado desde San Salvador hasta la ciudad de Antigua, Margarita cae gravemente enferma. Su temor a morir y dejar desamparado a su joven hijo en una ciudad hostil, la hace escribir una carta a Mendivar, su expareja y padre de Edmundo, quien ahora es un respetado juez y que ante el temor de poner en peligro su prestigio, se niega a recibirlos y darles cualquier ayuda.

Dice Mendivar confesándose con su amigo el cura:

(...) Al poco tiempo escribióme, (Margarita) diciéndome que había tenido un niño y que era mi hijo, de nuevo la rechacé, no sólo porque dudaba de mi paternidad, sino porque a mi edad, en mi posición, próximo a recibirme, no me era posible lanzar a la familia una mancha tan deshonrosa como la de aceptar un hijo natural.

El gobernante, en la novela romántica latinoamericana, constituye parte del paisaje opresor y decadente; es el tirano cruel e insensible, frío, despiadado e inflexible al que hay que enfrentar. Si bien en la novela Edmundo, el gobernante (Carrera y Túrcios) permanece distante y ajeno a la trama, es el juez Mendivar quien representa el poder sobre la vida de Edmundo. Su naturaleza cobarde, preocupado más por mantener su estatus social que por el bienestar de su hijo, le hace condenarlo a muerte. Cabe resaltar que aunque en el romanticismo los personajes no cambian y permanecen estáticos representando símbolos de la naturaleza humana más que personas reales, las circunstancias obligan a Mendivar a reflexionar resarciendo el daño causado a costa de su cordura.

Más adelante encontramos a Edmundo, que deambula desesperado por la ciudad, buscando trabajo. Llega hasta un banquete construido como una puesta en escena, en donde los ricos comen frente a los pobres que esperan las sobras para abalanzarse como animales sobre ellas. Edmundo, sorprendido por la desigualdad entre de las clases sociales, en un arrebato de consciencia de clase, repudia la opulencia con que viven los ricos y en su interior nace el germen liberal que alimentará su generación en la revolución de 1871.

Y veía todo aquello con una atención que nada tenía de frívola. Al contemplar aquellos dos cuadros, el de la miseria y el hambre y el de la riqueza y opulencia frente a frente el uno del otro, como dos ejércitos que se avistan, próximos a lanzarse al combate; Edmundo, decimos, al ver esto, sintió como que el diente de una víbora desgarraba su corazón, y él, que se hallaba entre los miserables, confundido con ellos, igual a ellos, lanzó a la rica mesa una mirada de odio profundo y a la plebe una sonrisa de supremo desdén. Después alzó la frente con orgullo, se ensancharon sus pulmones y respiro ruidosamente como el hombre que se cree superior a los demás.

Los escritores románticos se manifestaron siempre en contra de la situación social de la época, en contra de la burguesía avara y despiadada, explotadora de los pobres. Remarcaban en sus obras las desigualdades y las frustraciones individuales, haciendo hablar a personajes marginales: piratas, bandoleros, mendigos, todos víctimas de una sociedad clasista y opresora.

En su infructuosa búsqueda de trabajo, Edmundo conoce a Chiquilín, un joven ladronzuelo, quien le pide ayuda para leer una carta que cuenta los planes para asaltar a una patricia. Ambos gestan el plan para frustrar el atraco y salvan así la vida (y la virtud) de Amelia, la joven de la cual Edmundo se enamora desde el primer momento.

Anduvo vagando por los sitios más despoblados y solitarios y viéndose solo, sin que nadie pudiera observarle en un momento de delirio y amor hasta entonces nunca por él sentido, llevó a sus labios la preciosa reliquia que Amelia le obsequiara: pero enseguida sintió cierta especie de remordimiento; parecióle que había cometido una falta, creyó que en su miserable situación no le era permitido amar a tan noble criatura como Amelia sin ofenderla y se reprochó a si mismo por aquel desahogo de su corazón tan espontáneo como puro.

El romanticismo exaltaba al amor como aquello que le da sentido a la vida. La imaginación sobre el reloj, el hombre sobre la máquina fría, la naturaleza sobre la urbe, eran símbolos frecuentes en la literatura romántica. El paisaje de las ruinas de la ciudad de Antigua Guatemala, reflejaban el estado de ánimo de Edmundo. Constituían la decadencia de la sociedad, como las praderas y los ríos cristalinos del final de la novela son el triunfo de la vida sobre las adversidades del destino.

El cura Angélico, un antimorazanista inescrupuloso, ambicioso y avaro, es el deudor de Edmundo. Al enterarse que debe pagar 5,000 pesos, el sacerdote comienza a buscar la forma de no cumplir con su compromiso económico. Él está dispuesto a arruinar al joven con tal de no corresponder la deuda.

En América Latina, contrario a Europa, el pensamiento positivista no fue la ideología de una burguesía liberal interesada en el progreso sino la de una oligarquía de grandes terratenientes, ligados a la iglesia católica y a las estructuras heredadas de la colonia española. El romanticismo latinoamericano, en ese sentido, reaccionaba al control positivista de la cultura (estricta, rígida y oscurantista) rebelándose en contra de las guerras intestinas y fratricidas, el desorden político y moral, buscando un mundo mejor, más justo y democrático para todos.

Al volver a casa, Edmundo descubre que su madre ha sido expulsada por falta de pago del cuarto que alquilan e internada en un hospicio para menesterosos, al cual él no puede acceder por orden médica. Desesperado por la situación, ingresa a la iglesia buscando inspiración divina y atraído por el lujoso collar de la virgen, comienza así una discusión filosófica sobre el lujo de la iglesia y las miserias de la pobreza.

Y se dijo: «¡Cuán rica es nuestra Señora! Si yo poseyese siquiera ese collar de perlas, qué no haría en beneficio de mi pobre madre que muere de hambre y de todo género de miserias! ¡Es tan fácil tomar ese collar! Me basta subir sobre el altar para hacerlo. Nadie me ve… ¿Quién podrá saber que el hijo de Margarita fue el ladrón?»

Edmundo roba el collar, hecho que inmediatamente causa consternación en la ciudad, al punto de que el presidente Carrera, en una reacción más espectacular que efectiva, envía la orden de ejecutar sumariamente, a partir de ese momento, a cualquier delincuente encontrado infraganti.

Cuando Edmundo logra visitar a su madre, se encuentra con Amelia, quien permanece en penitencia buscando un milagro que devuelva el collar robado a la virgen y cuida a Margarita, sin saber que es la madre del joven que días antes le salvó. El amor entre Edmundo y Amelia es evidente desde el primer momento y como antes pasara con Margarita, nuevamente el amor redime al abyecto.

Habíase operado en el corazón de Edmundo una completa reacción en el sentido del honor y de la virtud, y tan súbito cambio era debido, principalmente, a la joven desconocida, cuyos ojos parecían decirle «vuelve, vuelve al sendero del bien, si quieres ser amado».

Así, Edmundo reconoce que para ser merecedor del Amor de Amelia, debe arrepentirse del crimen que ha cometido y decide devolver el collar a la iglesia. Bajo secreto de confesión cuenta su delito al perverso padre Angélico, y este, inescrupuloso y despiadado, le tiende una trampa y lo entrega infraganti a las autoridades como autor del abominable hecho. Edmundo es así sentenciado a muerte por su propio padre natural, el juez Mendivar, quien confía en haber salvado su honor de noble caballero.

Presentes desde las luchas independentistas a principios del siglo XIX, los escritores románticos, ligados igual a la cultura como a la política, anhelaban el nacimiento de una literatura nacional que les representase geográfica, física, histórica y espiritualmente; rompiendo de manera definitiva con los hilos que los unía a la colonia española. Así, los símbolos del romanticismo europeo (la existencia vacía y silenciosa; la eterna lejanía de la dicha; el destino infranqueable; la superstición; la lucha entre la vida y la muerte; la eternidad, como una sombra pavorosa que lo envuelve todo) que en Europa es una rebelión contra la moral burguesa, toma, en lo americano, la forma de un reclamo por la construcción de una sociedad justa e igualitaria, una nación que se rebela en contra de la anarquía y la tiranía que se alternan en la vida política de los países del subcontinente.

La novela Edmundo constituye entonces un reclamo contra la desigualdad social de la época. En varias ocasiones el autor, a veces usando la voz del francmasón español don Justo Velarde, otras usando su propia voz de narrador, critica las circunstancias que degradan al hombre y lo vuelven un criminal, y por el contrario, indica cómo con la formación apropiada y las oportunidades necesarias, los jóvenes que viven en la delincuencia pueden aportar para el desarrollo de la sociedad.

Beteta hace en su novela una crítica constante al sistema judicial guatemalteco, advirtiendo contra las injusticias en torno a la pena de muerte, resaltando con orgullo las reformas impuestas por la reforma liberal de la que su generación (y él mismo) formó parte.

Los hechos se presentaban claros a los ojos de don Justo y sus causas estaban atenuando la responsabilidad del joven. Este había sido impulsado por el amor más puro y santo; no era víctima de una pasión violenta e innoble como los celos, la ira, el odio, ni de las seducciones de la belleza. Con el deseo de salvar a su madre de la muerte empleó primero medios lícitos y honrados, buscando un empleo (...) Don Justo reflexionaba que en el estado de abatimiento y desolación del joven, el espectáculo de aquel banquete en donde se hacia ostentación de lujo, debió haber producido en su ser una especie de evolución peligrosa, un odio grandísimo hacia las clases elevadas que derrochan lo que haría la felicidad de muchas familias: y ese mismo esplendor imprudente, y hasta injurioso para el pueblo miserable, se ostentaba en los templos, cuando ese pueblo que los enriquecía con el sudor de su frente, lloraba en la pobreza, en la ignorancia y en el mas culpable abandono. ¿Por qué el clero, la sociedad, el gobierno se ocupaban continuamente en acaparar riquezas para los conventos, para los curas, en vez de fundar asilos para los desvalidos, casas de caridad para los enfermos y desheredados de la fortuna, escuelas para los niños pobres, establecimientos correccionales para los menores de edad; penitenciarías para los criminales, etc., etc? Se dirá que el buen español carecía de justicia, porque había cárceles, hospital y algunas escuelas. ¿Pero, que eran esas cárceles? ¡Centros de perdición! ¿Qué era ese hospital? Umbrales de la muerte, según la gráfica expresión del pueblo. ¿Y esas escuelas? Establecimientos desprovistos de todo elemento adecuado para el desarrollo de las facultades físicas, intelectuales y morales del niño; escuelas con maestros sin dotes ni conocimientos pedagógicos, en donde se enseñaba a palos, para borrar de los corazones infantiles todo sentimiento de dignidad y de energía; ¡escuelas en donde se reclutaba a los que más tarde debían formar el ejército de los curas y de los santos! Después Velarde, concretando sus reflexiones, se decía: «¿Hay arrepentimiento más sincero, acción más heroica que la llevada a cabo por este joven, que, impulsado por los consejos de su sano juicio, vuelve sobre sus pasos, se humilla ante el sacerdote, le confiesa su delito, le entrega el objeto robado; y cuando el representante de Cristo le deja sólo y en posibilidad de huir, no lo hace, porque lo parece que esa fuga constituye una vileza, una infamia. ¿Y como fue recompensada aquella conducta de Edmundo? El pastor de almas, el varón santo, le entregó a la justicia, faltando miserablemente a sus deberes religiosos y a sus compromisos de caballero; le calumnió además, para hacerlo doblemente culpable, para cohonestar así la excitación que en el pueblo fanático había despertado, ¿quién sabe si con algún interés desconocido? Velarde, presentía la proximidad de una revolución que modificase el estado infeliz del pueblo…»

Como movimiento literario, el romanticismo latinoamericano no floreció en el continente sino hasta que el modernismo se consolidó hacia 1880. Si bien contó desde un principio con importantes representantes en las artes (especialmente en la poesía) que buscaron retratar lo infinito y lo sublime, lo maravilloso y lo fantástico de lo americano.

La novela Edmundo de José A. Beteta, constituye un reclamo a las condiciones que generaron (y que siguen generando) las injusticias propias de la desigualdad y la falta de hermandad en la sociedad guatemalteca. Nos habla de una época ya distante, del año 1864, cuando las fuerzas conservadoras de las oligarquías centroamericanas destruyeron lo último que quedaba del proyecto morazanista y apenas comenzaba a visorarse la esperanza de un Estado Moderno. Pero bien podría estar hablando de nuestro siglo, pues las condiciones (in)humanas que describe, permanecen incólumes en nuestra la sociedad. En ese sentido, Edmundo nos sirve de enlace hasta nuestros días, para comprender la visión de una generación que construyó estos países nuestros, a través de un proyecto Liberal y Romántico.

Óscar Estrada

Septiembre 2015

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[if !supportFootnotes][1][endif] Entendiendo Revolución Industrial como el conjunto de transformaciones económicas y sociales que caracterizaron el proceso de desarrollo de las fuerzas productivas, enmarcadas dentro de unas determinadas relaciones de producción acaecidas en Inglaterra entre 1760 y 1820.

[if !supportFootnotes][2][endif] La Razón es la facultad o principio de explicación de la realidad. En 1781 Inmanuel Kant publicó su libro Crítica de la razón pura que explora la imposibilidad de la Metafísica como Ciencia. La Metafísica, considerada la Filosofía primera, es la ciencia de los primeros principios y de las causas primeras del ser y estudia los aspectos de la realidad que son inaccesibles a la investigación científica. Kant desvirtúa la Metafísica como ciencia al plantear la pregunta: ¿cómo son posibles los juicios sintéticos a priori?, y establece una diferencia fundamental que es decisiva para la justa compresión de su pensamiento. La diferencia entre conocer y pensar. No todo lo real es susceptible de ser conocido, pues conocer significa, en vigor, conocimiento científico. La realidad, en este sentido y según el pensamiento de Kant, es únicamente aquello que puede explicarse a través de la ciencia.

[if !supportFootnotes][3][endif] El término «Neoclasicismo» venía a reflejar en las artes los principios intelectuales de la Ilustración, que desde mediados del siglo XVIII se vino produciendo en la filosofía, y que consecuentemente se transmitió a todos los ámbitos de la cultura. Fue un movimiento intelectual que se inspiró en la antigüedad Clásica y provocó que se conociera al siglo XVIII como «Siglo de las luces». Rechazaba el dogma religioso y exaltaba la razón y la ciencia como fuente de todo conocimiento. En la literatura, su principal foco fue en Francia, en donde destacaron autores como D´Alembert, Montesquieu, Rouseau y Voltaire que hicieron uso del aspecto educativo en sus obras, inspirando la formación de academias, bibliotecas y publicaciones.

[if !supportFootnotes][4][endif] Justo Rufino Barrios (1835-1885), presidente de Guatemala entre 1873 y 1885. Acometió una serie de reformas políticas y económicas que buscaban instaurar el Estado moderno en el país, buscando crear las condiciones capitalistas para el desarrollo de la economía y para ello necesitaba eliminar las propiedades corporativas (viejos feudos coloniales y el poder de la Iglesia). Su gran ambición era integrar a los cinco Estados independientes de América Central en una federación y, al no verse apoyado por el resto de los países centroamericanos, declaró la Federación por su cuenta y se dispuso a sostenerla con las armas. Murió en el campo de batalla, cuando trataba de invadir con sus tropas el pueblo salvadoreño de Chalchuapa.

[if !supportFootnotes][5][endif] Escribe el hondureño Ramón Rosa en el prólogo de Poemas de José Joaquín Palma en 1882, lo que podemos reconocer como el optimismo intelectual de la Revolución Liberal de Guatemala de 1871: «En América, en donde la instrucción popular se difunde con la celeridad de la luz, y en donde no existen, como en Europa, muy arraigados y tradicionales intereses religiosos, que dan poder y privilegios a numerosas clases sociales; en nuestra América, en donde la libertad de conciencia es ya una conquista definitiva: todas, todas las religiones positivas tienen que desaparecer, en no remoto día, con sus artificiosos y contradictorios dogmas, con sus litúrgicos aparatos teatrales, con sus sangrientas historias, con sus egoístas y mal disfrazados intereses mundanos, con sus hipócritas santidades, con sus privilegiadas y ensoberbecidas castas, y con sus execrables tiranías [...]».

[if !supportFootnotes][6][endif] Muchos han sido los efectos que las ruinas han ejercido sobre la literatura. Las ruinas romanas sobre la literatura renacentista, las de Cártago y Trolla sobre el siglo de oro español, luego las ruinas imperiales tan importantes para la generación de 98. En la literatura romántica, los pasajes lúgubres, el mar embravecido, las tormentas, la noche, los cementerios, las ruinas, constituyen típicos escenarios que contribuyen a mostrar el estado de ánimo decadente y sombrío de los personajes.

[if !supportFootnotes][7][endif] Rafael Carrera y Turcios: (1814-1865) Jefe de Estado y presidente vitalicio de la República de Guatemala. Probablemente el mayor representante de la tendencia conservadora en la Centroamérica del siglo XIX. Fue el máximo dirigente que luchó contra Francisco Morazán, y se le considera el principal causante de la disolución de la Federación Centroamericana, al impedir que los liberales despojaran a los conservadores de los privilegios de que hasta entonces disfrutaban.

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