La realidad irreal en el cortometraje Vuelve con nosotros

«Yo no soy el hombre que usted está buscando. Yo no tengo hijos, no tengo familia. Estos no son mis hijos». Con estas palabras Vuelve con nosotros, el más reciente cortometraje del cineasta hondureño Mario Ramos, alcanza el punto álgido. Después de llevar al espectador de la mano por una noche de juerga en un bar de una metrópolis del Cono Sur, el film, basado en el cuento «Paternidad», del narrador Oscar Estrada, da el golpe final. Su efecto comienza a gestarse desde el inicio y se va construyendo con gran sutilidad mediante los parlamentos de cuatro amigos: Oscar, Juan, Miguel y Carlos, estelarizados por los actores Sebastián Stimman, Peter Pereyra, Néstor Bravo y Juan Pablo Vacatello, respectivamente. La misoginia del diálogo envuelve el ambiente de principio a fin.

La naturalidad con que los personajes dejan al descubierto la estructura patriarcal, tan arraigada en las sociedades latinoamericanas, es un ejercicio de inteligencia y sutileza por parte del director. En Vuelve con nosotros nada aparece a primera vista. Se necesita perspicacia para captar el fino revestimiento con que Mario Ramos va erigiendo el conflicto social sobre el cual se sustenta el drama.

Alusiones al poder del hombre sobre la mujer, incluso en el terreno sexual, van descubriendo que en este siglo XXI, mientras la mujer ha ganado grandes batallas en el mundo desarrollado, en nuestra casa o cultura hispanoamericana, su fuerza sigue intacta. Gracias a este poder, uno de cuada cuatro niños crece sin la figura paterna, y de éstos, ochenta y cinco por ciento desarrollará problemas de conducta, setenta y cinco por ciento abusará en algún momento de las drogas, y setenta y un por ciento será encarcelado sin haber terminado la secundaria, y quizás terminará perpetuando la infamia del padre. Cifras aterradoras que el film no presenta, sino que insinúa e impulsa a la audiencia a erigir hipótesis más allá de sus doce minutos de duración. Es aquí donde la página blanca se le presenta al lector, urgiéndolo a rellenar los intersticios que el film deja abiertos, y mirarse a sí mismo y a su sociedad.

Vuelve con nosotros encarna la tragedia social del canalla que engendra y abandona. Una madre con sus dos hijos llega de repente a paralizar la estabilidad emocional de Oscar, el padre de los niños, al pedirle que regrese con ellos y asuma su papel de progenitor. Pero el film no resiste una interpretación tan realista.

Sebastián Stimman logra imprimirle a Oscar una fina fibra que raya entre lo que pudiera ser verdad y lo absurdo. Una excelente interpretación que se vale del contrapunto del aparente equilibrio mental de sus compañeros de diálogos, para dejar entrever que -y es esto lo que le otorga mérito al film-, como expuso Julio Cortázar en los magistrales cuentos de Bestiario (1951), que la realidad urbana está llena de una inflexible irrealidad capaz de desbancar el estado psicológico y emocional de sus habitantes.

¿Es Oscar el padre de los hijos de esa mujer que llega a interrumpir una tranquila noche de ronda, o son éstos producto de una mente perturbada por una sociedad en la que el orden civilizatorio ha probado sus falacias? Porque el film se mueve en el mundo urbano, en una metrópolis de las que apenas hace poco más de un siglo, se veían como cúspide de nuestro desarrollo. Pero toda urbe es capaz de inculcar en sus habitantes un alto grado de neurosis, y en las nuestras, de engendrar neurosis sin padres.

En Vuelve con nosotros, Mario Ramos logra producir la duda en el espectador, incapaz de discernir si Oscar ha desconocido terriblemente a su prole o ha caído víctima, como afirmó Sigmund Freud, de su propia fantasía de crear orden, belleza y la posibilidad de ejercer sus funciones intelectuales mediante el recurso del pacto social, con el fin de establecer una sociedad pacífica que al final termina devorándolo, pues toda ansia de orden lo que produce es una sustancial dosis de neurastenia.

Al final lo que queda resonando, por ser lo único concreto en todo el cortometraje, es la maravillosa composición que acompaña al film: «Milonga de la ausencia», compuesta por Emmanuel Trifilio. La nostalgia, la pesadumbre y la tristeza que la pieza evoca, termina cubriendo la escena en la que la sombra de la madre y sus dos hijos es pisoteada por el auto Volkswagen que la conduce a ella al abandono y al olvido, y a Oscar a su peor pesadilla.

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