El tiempo y la belleza en las fotografías de Mario Ramos

(A propósito de su libro Framing Time)

El mundo dejó de ser el mismo. Europa se encontró con el mayor número de cesantes en su historia, mientras que en los Estados Unidos las grandes plantaciones del sur, que por años habían sido la columna vertebral de su economía, cedieron ante las grandes fábricas del norte. Era el siglo XIX y la Revolución Industrial parecía devorar la capacidad del hombre por medio del mayor invento desde la rueda prehistórica: la máquina.

Primero fue el barco de vapor, ante lo cual Napoleón Bonaparte dijo: «Este proyecto es capaz de cambiar la faz de la tierra». Después vino el ferrocarril, el telégrafo y por último los telares mecánicos que producían ropa a gran escala y que habrían de dejar sin trabajo a casi tres cuartas partes de la fuerza laboral que existía entonces. La Revolución Industrial fue por lo tanto un enorme adelanto pero también una inmensa catástrofe.

Pero no todo estaba perdido (aunque quizás no todo estaba ganado) porque en medio de esta enorme contrariedad apareció el invento que hasta hoy, casi doscientos años después, en la era digital y la miniaturización, sigue siendo parte importante en nuestras vidas: la cámara fotográfica.

A la fotografía se le puede sobreponer la definición que Stendhal (1783 – 1842) dio sobre la novela: es –dijo el célebre autor de Rojo y negro– «el espejo que se coloca a lo largo del camino de la vida». Y la fotografía definitivamente lo es, porque a través de su corta historia ha logrado captar momentos que sin su poder de eternizar el instante, habrían caído en el olvido: alegrías, amarguras, guerras, destrucción y tantos acontecimientos que han formado parte, para bien o para mal, de la reciente historia humana. Claro, ¿quién podría olvidar la fotografía que data de 1945 en la cual un infante de marina besa a una enfermera en Times Square? ¿O la espeluznante imagen tomada en 1972 que muestra a una niña desnuda huyendo de las bombas que le quemaron el cuerpo en la Guerra de Vietnam, mientras gritaba “¡quema!, ¡quema!”? ¿O el rostro de la adolescente afgana capturado en 1984 después de que ésta cruzara las montañas descalza tratando de escapar de los bombardeos rusos, y cuya hiriente mirada el mundo no pudo ignorar?

Si hay algo que la fotografía consigue mejor que ninguna otra forma de arte es fijar la atención sobre lo que comúnmente pasa desapercibido por la velocidad en que transcurren nuestras vidas. Nos hace frenar en seco. Pues la epidemia que ensombrece al mundo posmoderno, y que no hemos sabido combatir y parece ir en aumento en este aceleradísimo siglo XXI, el siglo de la fugacidad y la prisa, es la ceguera y la falta de oído. No vemos y tampoco escuchamos, porque ver y escuchar equivalen a sufrir.

No así para Mario Ramos, autor del libro de fotografías Framing Time (Enmarcando el tiempo) publicado en 2012 por Casasola Editores. En treinta y seis fotografías tomadas en Nueva York, Nueva Orleans, Alabama, Florida, Washington, DC y Honduras, esta joven promesa nos hace posar la mirada en objetos a los cuales pocas veces le prestamos atención: marcos y ventanas en los que el paso del tiempo, el deterioro y la belleza resaltan y cobran vida propia como susurrándonos que no son seres inánimes.

Porque el lente de Mario Ramos parece decirnos que hay que desacelerar el diario vivir, bajar la guardia ante la insoslayable prisa que nos impone el mundo contemporáneo y ver la belleza en estos objetos tan ignorados y a la vez omnipresentes. Pues son las puertas, al fin y al cabo, la diferencia entre lo público y lo privado. De estar abiertas, nos abren un universo de posibilidades. Si están cerradas, nos ofrecen la duda. Y también las ventanas, que van más allá de ser el marco por el que se cuela un trozo de luz y a través el cual el ser humano ha visto el correr de los siglos, observando un mínimo pedazo del mundo recostado en su alféizar.

Una vieja casa agobiada por la herrumbre en la cual se lee el número 1527 y una bañera que sirve de helecho cuyo púrpura resalta en medio de la pátina; una puerta colonial escondida detrás de unas rejas de fierro forjado y otra puerta engastada en una pared carcomida por el moho y el salitre, son apenas tres ejemplos entre los treinta y seis en que Mario Ramos reitera, como un mandala, que la belleza existe y se renueva constantemente aun con el transcurso del tiempo. No todo muere o se profana con el paso de los días, los años y los siglos. La belleza, lejos de menguar o extinguirse ante el trágico destino de las cosas, parece surgir con fuerza en medio de las dificultadesy quizás sea esto lo que estas fotografías nos tratan de decir.

Los romanos, como los griegos, quisieron compararse con los dioses y por eso dijeron que el acto artístico equivalía a crear (creare en latín), que significa engendrar, tener hijos, dar vida. Las fotografías de Mario Ramos exaltanla belleza en medio de la descomposición y así construyen para nuestros ojos una luz que sin ella sólo podrían ver en estas muestras lo orinecido y oxidado, cual una afirmación de la muerte. Al contrario, sus fotografías parecen afirmarnos que la belleza no sucumbe y que ante las circunstancias más desfavorables renueva sus fuerzas. Son estas treinta y seis tomas, pues, un defensa de la belleza, la estética y la vida.

Pero también buscan eternizar el tiempo y fijarlo para siempre, ese tiempo sujetado, marcado, que para el filósofo francés Henri Bergson (1859 – 1841) no es sino un mecanismo de defensa, ya que el ser humano necesita fragmentar la realidad que los sentidos le proveen, en unidades manejables. Porque el tiempo es un continuo fluir que de no fragmentarse produciría caos y desorden en nuestras vidas. Por lo tanto, las fotografías que Mario Ramos nos ofrece en Framing Time fijan para nosotros ese instante y todo aquello que sin el ojo de su cámara no hubiéramos visto y se habría perdido para siempre.

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