The Return of Nicaraguans to a Natural State

Translated by Fiona Griffin.


In a not-insignificant way, Nicaraguan society is returning to a dangerous state of wild primitivism. The struggle of all against all, typical of pre-social peoples (that is, of those human hordes that had not yet created pacts to mutually protect one another), is increasingly present in Nicaragua.

he English philosopher Thomas Hobbes (1588–1679) understood that human beings are born with instincts such as love and hate, pleasure and suffering, that determine their behavior, and that these are manifestations of their animal essence. Sigmund Freud (1856–1939), the father of psychoanalysis, seems to second Hobbes in affirming that although love is a force that brings individuals together, hate, suffering, and even pleasure or desire are forces that, if they are not channeled, burst into the social order and can even break it.


From this fear social life is born as well as the State, a necessary evil—according to Hobbes—whose mission is to eliminate inequalities among men, protecting and guaranteeing to the “weakest” the security necessary to develop and produce. Therefore, it was necessary for men to create alliances in order to erase their fear of one another in order to give way to a condition of beneficent "inequality" in which the murderer would always be at a disadvantage, and in which he would finally understand that breaking the law would not grant him privileges. Moreover, the pacts would impose limits on self-love, which leads an individual to believe he is the owner of all that exists. Thus, all wills are reduced to one: that of ensuring freedom and well-being to each man.


Coexistence, therefore, was only possible if men sacrificed their personal quotas of “power” and conceded them to an individual or assembly that governed them, guarding their interests and creating conditions of security in order for them to progress. Here is the origin the State, an apparatus by which man renounces his own violence.


But like Leviathan, the mythic monster that devoured men, the State can revert to savagery. That is, it can cease to be a State in order to become a system that serves the exclusive interests of the ruler. The State is also liable to twist and become fearsome, according to Hobbes, because it can engender and death and the rebirth of a reign of fear.


Given Hobbes’s lesson, the following questions fit: What is the Nicaraguan State like? Does this alleged State ensure the annulment of the individual's aggression? Does the State work in service of the general will? Is its social contract valid?


The corruption that has been a natural part of our history gives us an immediate answer. Clearly if we review our past, we will find links that indicate that all our governments have cynically decomposed the morality of the State. However, it is the current government—without a doubt the one which has best managed corruption—or rather the dictatorship dressed in bureaucracy, that today governs our interests, of which we must occupy. Focusing on this is vital for all Nicaraguans.


President Daniel Ortega is not far from the savage that imposed its force to perpetuate his own interests. Nor is he far from being a Leviathan, destroying the Nicaraguan contract. Attributed to him are deaths and sexual abuse, which, of course, justice, always tampered with, has not been able to clarify. Also, robberies, millionaire loans that the president manages at his whim and without control on the part of any institution. And with that money, hotels, radio stations, television channels, estates, and mechanisms of repression are financed. Debt is contracted by the State, but profits are distributed among certain individuals with ties to the government. The payments, of course, come from Nicaraguan coffers.


Through Caruna, the principal system of State loans, Daniel Ortega and Rosario Murillo serve as the old money-lender of Fyodor Dostoyevsky’s novel, Crime and Punishment, bleeding the Nicaraguan people and betraying the cooperative ideas championed by Sandino. Revenues should cover State debts, but they disappear mysteriously into the hands of the Ortega-Murillo family. There’s more: with the alleged construction of an inter-oceanic canal that has not been built and won’t be, Daniel Ortega threatens to expropriate land and leave thousands of peasants and indigenous people in the streets, breaking their backs. On top of all this, indiscriminate trafficking of wood has produced one of the worst environmental crimes in the history of Nicaragua.


The horror does not end here: the biggest fraud of the State imposed by the Ortega-Murillo duo has been perpetrated through the Nicaraguan Institute of Social Security. The contributors, now elderly retirees, don’t receive the benefits they worked so much for, as these are lost in administrative waste.

In Nicaragua, the State, the intellectual construction charged with protecting the individual, has been hijacked by Daniel Ortega and Rosario Murillo and has become Hobbes’s Leviathan, the terrible monster that threatens to destroy us just as violence once destroyed those who did not live in society.


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El regreso de los nicaragüenses al estado natural



De forma no poco perceptible, la sociedad nicaragüense está regresando a un peligroso estado de primitivismo salvaje. La pugna de todos contra todos, propia de los seres presociales, es decir, de esas hordas humanas que todavía no habían creado pactos para protegerse mutuamente, está cada vez más presente en Nicaragua.


El filósofo inglés Thomas Hobbes (1588 – 1679) entendía que los seres humanos nacen con instintos que determinan su comportamiento, tales como el amor y el odio, el placer y el sufrimiento, y que éstos no son más que meras manifestaciones de su esencia animal. Segismundo Freud (1856 – 1939), el constructor del psicoanálisis, parece secundar a Hobbes al afirmar que si bien el amor es una fuerza que integra a los individuos, el odio, el sufrimiento y aún el placer o el deseo, son fuerzas que si no se canalizan irrumpen dentro del orden social y pueden incluso quebrarlo.


Pero Hobbes es mucho más apasionante que Freud porque vincula el estado primitivo de los hombres al nacimiento del Estado. Según él, en su famoso Leviatán (1651), nuestros ancestros vivían en estado de completo salvajismo, o condición natural, sin reglas, orden o justicia. La vida, o mas bien el afán de conservarla, estaba altamente condicionada por la violencia y era ésta la que les otorgaba una cierta e irónica igualdad, pues todos tenían derecho a matar. Invariablemente, quien mataba a su vez resultaba muerto. Todos gozaban de dicho «privilegio» y vivían inmersos en el miedo a perder la vida.


De ese temor nace la vida social y también el Estado, un mal necesario –según Hobbes– cuya misión es la de suprimir las desigualdades entre los hombres, protegiendo y garantizando a los más «débiles» la seguridad necesaria para desarrollarse y producir. Por consiguiente, fue necesario que los hombres crearan alianzas a fin de borrar el miedo que se tenían unos a otros, para de esta manera darle paso a una condición de «desigualdad» benéfica en la que el asesino estuviera siempre en desventaja y en el que éste al fin comprendiera que romper las leyes jamás le aseguraría privilegios. Más aún: los pactos habrían de poner límites al amor propio, el cual sólo conduce al individuo a creerse dueño de todo lo existente. Así, todas las voluntades se reducían a una sola: la de asegurar la libertad y el bienestar de cada hombre.


La convivencia, por lo tanto, era solamente posible si los hombres sacrificaban sus cuotas personales de «poder» y se las concedían a un individuo o asamblea que los gobernara, velando por sus intereses y creando condiciones de seguridad para que éstos progresaran. He aquí el origen del Estado, aparato mediante el cual el hombre renuncia a su propia violencia.


Pero como El Leviatán, ese monstruo mítico que devoraba a los hombres, el Estado puede volverse salvaje, es decir, dejar de ser Estado para transformarse en un sistema al servicio de los exclusivos intereses del gobernante. También el Estado es factible de torcerse y ser temible, según Hobbes, porque puede engendrar la muerte y hacer que renazca el reino del miedo.


Vista la lección de Hobbes, caben las siguientes preguntas: ¿Cómo es el Estado nicaragüense? ¿Asegura este presunto Estado la anulación de la agresividad del individuo? ¿Trabaja el Estado en servicio de la voluntad general? ¿Está vigente su pacto social?


La corrupción que ha sido parte natural de nuestra historia nos da una respuesta inmediata. Claro está que si hacemos una revisión de nuestro pasado encontraremos vínculos que indican que todos nuestros gobiernos han descompuesto cínicamente la moral del Estado. Sin embargo, es del gobierno actual –sin duda el que mejor ha manejado la corrupción– o más bien la dictura revestida de burocracia que hoy dirige nuestros intereses, del que nos debemos ocupar. Centrarse en él es vital para todos los nicaraguenses.


El presidente Daniel Ortega no está lejos del salvaje que imponía su fuerza para perpetuar sus intereses. Tampoco está muy lejos de ser el Leviatán que destruye el pacto nicaragüense. Se le adjudican muertes y abuso sexual que, por supuesto, la justicia, eternamente amañada, no ha querido esclarecer. Se le atribuyen robos, préstamos millonarios que el presidente maneja a su antojo y sin control por parte de ninguna institución. Y con ese dinero se financian hoteles, radios, canales de televisión, haciendas y mecanismos de represión. La deuda la contrae el Estado, pero las ganancias se reparten entre ciertos individuos ligados al gobierno. El pago, claro está, sale de las arcas nicaragüenses.


A través de Caruna, el principal sistema de préstamos del Estado, Daniel Ortega y Rosario Murillo hacen las veces de la vieja usurera de Crimen y castigo, la novela de Fyodor Dostoyevsky, sangrando al pueblo nicaragüense y traicionando los ideales cooperativistas por los que abogó Sandino. Los réditos deben cubrir las deudas del Estado pero desaparecen misteriosamente en manos de la familia Ortega-Murillo.


Hay más: con la presunta construcción de un canal interoceánico que no se ha construido y no se llegará a construir, Daniel Ortega amenaza con expropiar tierras y a dejar en la calle a miles de campesinos e indígenas, rompiéndoles el espinazo. Por encima de todo, el tráfico indiscriminado de madera ha producido unos de los peores crímenes ambientales en la historia de Nicaragua.


El horror no terminar aquí: la mayor estafa de la Estado impuesto por la dupla Ortega-Murillo se ha perpetrado a través del Instituto Nicaragüense de Seguro Social. Los contribuyentes, ahora ancianos jubilados, no reciben los beneficios por los que tanto trabajaron, pues estos se pierden en derroches administrativos.


En Nicaragua, el Estado, la construcción intelectual encargada de proteger al individuo, ha sido secuestrado por Daniel Ortega y Rosario Murillo, y se ha convertido en el Leviatán de Hobbes, el terrible monstruo que amenaza con destruirnos como antaño la violencia destruía a los hombres que no vivían en sociedad.

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