Rubén Darío: una modernidad confrontada


Entre Unamuno y Darío

Abatido por el desastre colonial y dieciséis años antes de que estallara la Gran Guerra, don Miguel de Unamuno gritó mueras a Don Quijote, emblema de España y de todo lo que ella representaba. Mucho le dolía su patria, aunque con sus desconsoladas palabras lo que trataba de decir era que España debía renacer en Alonso Quijano el Bueno, ya que si había muerto como nación, entonces debía de renacer como pueblo tal y como lo hizo Don Quijote, tras ser vencido por el Caballero de la Blanca Luna, al pedirle a sus amigos que desde ese momento lo llamaran por el nombre que se había forjado al deshacer entuertos y conquistar imperios. Moribundo, le suplica al cura, al bachiller Sansón Carrasco, a Nicolás el barbero y a Sancho Panza, sus amigos: «Dadme albricias, buenos señores, de que ya no soy don Quijote de la Mancha, sino Alonso Quijano, a quien mis costumbres dieron nombre de Bueno (II, LXXIV).


Rubén Darío le salió al paso a Unamuno diciendo: «Don Quijote no debe ni puede morir; en sus avatares cambia de aspecto, pero es el que trae la sal de la gloria, el oro del ideal, el alma del mundo» (España contemporánea, «Cyrano en Casa de Lope», 19: 53). Y es que el eterno caballero habitó dentro de Darío al punto que le compuso poemas («Letanía de nuestro señor don Quijote»), le escribió cuentos («D.Q.), ensayos («Hércules y D. Quijote») y crónicas («En tierra de D. Quijote» y «La cuna del manco»), tal y como afirmó Jorge Eduardo Arellano en 2005 en su compilación de textos quijotescos escritos por el nicaragüense: Rubén Darío: Don Quijote no debe ni puede morir (páginas cervantinas).


Tan grande debió de ser el impacto que de niño recibió Darío al leer la gran obra de Cervantes en casa de Mamá Bernarda, que sin quererlo se convirtió en el hidalgo manchego al traer al ruedo toda la literatura universal y ponerla a hablar en español. Si Don Quijote conocía los pormenores de las leyendas españolas, la literatura grecolatina desde Homero, Persio, Juvenal y Tibulo, la Biblia, la novela caballeresca y la materia artúrica, Rubén Darío conocía a juro la literatura de todas las épocas, y convirtió el español, el único asidero en el que tenía pleno dominio, en la nueva, bella y sin par Dulcinea del Toboso. Quien la insultara, debía rendir cuentas de su falta. Por eso, como Don Quijote, Rubén Darío no debe ni puede morir.


Fue poeta hasta la muerte, y aún hoy nos llegan ecos de sus aventuras verbales pues, como dijo Ángel Rama, aún hoy «sigue cantando empecinadamente con su voz tan plena» (ix). Poetas tan audaces como Neruda, Lorca, Borges y Octavio Paz vieron en Darío el germen de una nueva estética imposible de arrumbar y a la cual todo poeta después de él, a querer no, termina regresando.


Cuando Don Quijote hace su gran defensa de la poesía ante el hidalgo don Diego de Miranda, pidiéndole a éste que deje a su hijo seguir su camino en la poesía, no sabía que esas palabras rebotarían en un niño nicaragüense que, como él, vivió una de las más grandes aventuras verbales que han visto los siglos de la lengua española. Esas palabras de don Quijote, destinadas sólo a espíritus elevados, parecen haber sido escritas a la medida de Rubén Darío, el nuevo Alonso Quijano el Bueno:


La poesía, señor hidalgo, a mi parecer, es como una doncella tierna y de poca edad, y en todo estremo hermosa, a quien tienen cuidado enriquecer, pulir y adornar otras muchas doncellas, que son todas las otras ciencias, y ella se ha de servir de todas, y todas se han de autorizar con ella; pero esta tal doncella no quiere ser manoseada, ni traída por las calles, ni publicada por las esquinas de las plazas ni por los rincones de los palacios. Ella es hecha de una alquimia de tal virtud, que quien la sabe tratar la volverá en oro purísimo de inestimable precio; hala de tener, el que la tuviere, a raya, no dejándola correr en torpes sátiras ni en desalmados sonetos; no ha de ser vendible en ninguna manera, si ya no fuere en poemas heroicos, en lamentables tragedias, o en comedias alegres y artificiosas; no se ha de dejar tratar de los truhanes, ni del ignorante vulgo, incapaz de conocer ni estimar los tesoros que en ella se encierran. Y no penséis, señor, que yo llamo aquí vulgo solamente a la gente plebeya y humilde… Pero vuestro hijo, a lo que yo, señor, me imagino, no debe estar mal con la poesía de romance, sino con los poetas que son meros romancistas, sin saber otras lenguas ni otras ciencias que adornen y despierten y ayuden a su natural impulso, y aun en esto puede haber yerro; porque, según es opinión verdadera, el poeta nace: quieren decir que del vientre de su madre el poeta natural sale poeta; y con aquella inclinación que le dio el cielo, sin más estudio ni artificio, compone cosas, que hace verdadero al que dijo; est Deus in nobis…, etcétera (II, XVI).


Est Darío in nobis, podríamos decir utilizando las palabras de Ovidio en boca del Caballero de los Leones. Darío vive entre nosotros porque, como Don Quijote, defendió la poesía como el más alto ideal, al cual, según él, sólo se puede llegar con el alma limpia y llena de ilusión. Tanto Unamuno como él lo sabían. Por eso vieron en Don Quijote el mayor manantial de pureza.


La debacle española forzó a Unamuno a hacer un llamado a la cordura. Tan fuerte debió sentirse en España la pérdida de los últimos territorios, y con ellos los de un glorioso pasado, que el rector de la Universidad de Salamanca optó por recomendar que, frente a la locura de Don Quijote, debía prevalecer la cordura del que expiraba: Alonso Quijano el Bueno. En su desesperación, Unamuno obvió que era la fantasía lo que había alimentado el corazón de Don Quijote.


Poco después, Darío le respondió con su famosa frase, pues para él la imaginación era lo que le daba fuerza para vivir. Sin ella, su obra, como la de muchos poetas, no hubiera existido. El consejo de Unamuno apelaba a la razón la cual, a la par que organizaba sociedades, aniquilaba la creatividad del individuo. Sin Don Quijote, es decir, sin la posibilidad de imaginar un mundo en el cual vivir amablemente, el Modernismo no hubiera podido emerger. Fue esa imaginación, que Darío consideró inalienable, lo que lo llevó a escribir las palabras liminares de Prosas profanas y a defender, como Don Quijote defendió su sueño, su propia estética. Siete años más tarde Unamuno reconocería que Darío tenía razón. Y dijo:


Yo lancé contra ti, mi señor Don Quijote, aquel muera. Perdónamelo; perdónamelo, porqué lo lancé lleno de sana y buena, aunque equivocada, intención, y por amor a ti; pero los espíritus menguados, a los que su mengua le pervierte las entendederas, me lo tomaron al revés de cómo yo lo tomaba, y queriendo servirte te ofendí a caso… Perdóname, pues, Don Quijote mío, el daño que pude hacerte queriendo hacerte bien; tú me has convencido de cuán peligroso es predicar cordura entre estos espíritus alcornoqueños; tú me has enseñado el mal que se sigue de amonestar a que sean prácticos a hombres que propenden al más grosero materialismo, aunque se disfrace de espiritualismo cristiano (476 – 477).


En 1905 el nicaragüense compuso la «Letanía de nuestro señor Don Quijote» e insistió en el poder protector de la fantasía:


Ora por nosotros, señor de los tristes que de fuerza alientas y de ensueños vistes, coronado de áureo yelmo de ilusión; ¡que nadie ha podido vencer todavía, por la adarga al brazo, toda fantasía, y la lanza en ristre, toda corazón!


Fue en 1914 cuando la lanza quedó explicada. No era posible la agresión ni la violencia, pues la única defensa verdadera era el amor. Traicionado por sus compatriotas, burlado e ignorado por muchos, Darío insistió en defender su ilusión tal y como Don Quijote defendió su locura con una lanza que no podía herir. Ni las traiciones que repetidamente el mundo político le había producido, ni los ataques ni las humillaciones lograron que abandonara su imaginación poética para que otros la manosearan.


En la historia de la literatura hispanoamericana, el Modernismo, el más debatido de sus movimientos, no llegó, gracias a la adarga y la lanza de Darío, a humillarse por haber surgido en un mundo que ya empezaba a prescindir de la poesía, y que con su razón positivista iba derecho a la destrucción. Por eso, y por muchas otras cosas, Rubén Darío no ha muerto ni morirá.




Roberto Carlos Pérez, Rubén Darío: una modernidad confrontada [fragmento]



Entradas destacadas
Entradas recientes
Archivo
Buscar por tags
Síguenos
  • Facebook Basic Square
  • Twitter Basic Square
  • Google+ Basic Square

© 2020 Casasola Editores LLC

  • Twitter Social Icon
  • Facebook Social Icon