Estimado Andrés:

Masaya, Nicaragua, 14/octubre/2019. .

Estimado Andrés:

Leí la versión pre-imprenta que me compartiste de tu poemario La suma de los daños. Con el sabor de su lectura, me he recordado luego de las no poco intrincadas implicaciones del ideal estético de Ibsen porque comparte tu libro la enunciación del drama humano particular como el grito que confronta a la vida “civilizada”. En clave foucaulteana, aludiríamos a la sociedad del disciplinamiento como una tragedia individual que no está separada del tejido colectivo. ¿De qué estoy haciendo énfasis? Del malestar en la cultura, como se diría de pronto desde cierto psicoanálisis de grupa. En concreto, la ciudad misma o su desolamiento es el monstruoso personaje que decide hablarme en tus poemas. Todos estos poemas parecieran tener la vocación para leérseles en voz alta en un parque vacío, una plaza despejada por la represión de la fuerza pública o un pequeño bar semi-rural y apenas concurrido.


Fijate que el ideal artístico de Ibsen era la autorrealización desde la escritura dramática, esto es, la literatura como afirmación única de la existencia individual en conexión con lo colectivo. No es cosa de hablar por los demás, es cosa de dejarse atravesar por el dolor de los conflictos que escenificamos desde la colectividad. De más está remarcar esas dimensiones que nos hacen comprender este breviario como el ensalmo que emerge hacia una poética otra del arquetipo del solitario que carece del privilegio de clase de granjearse una “visión del mundo”, no hablemos ya de ideologías.


En fin. Poesía “dañosa”, permea a la vez en sus líneas una clara mirada sobre la colectividad social nada abstracta: hablás de la Nicaragua de hoy, de la América Central de ahora mismo, como un periódico impreso en clave figurativa, inesperadamente impreso, en las manos que se manchan con su tinta fresca.


Aquí están estos poemas tuyos. Tus poemas me duelen. Son estructuras críticas en todo el sentido que pueda tener el denominarles así: críticas por nacer de la fúnebre crisis, por ser una voz de denuncia y por condensar tu criterio. Sería horroroso que estos poemas se lean desde el nacionalismo que polariza, separa, busca poder estatal y siembra más guerra, más desdicha. ¿Desde dónde leer este poemario sin instrumentalizar su contenido? Esta incomodidad, tan mía, seguro que pocos lectores la sentirán porque es más fácil elegir a un enemigo que integrar heridas. Anoto, pues, para mí que estos textos son espejos (no proyectiles) de una memoria que apenas deglutimos sin acabar la digestión. La lectura de esta suma me dejó el sabor de celebrar no pese al pesimismo que nos da la coyuntura sino gracias a este pesimismo tan tuyo que oscila entre el desenfado y el furor.


La sección “Bitácora de extranjería” es el resultado que has querido incluir de tu proceso de maniobra con la economía verbal. Aunque la sección abre con una cita de Basho, los tuyos no colindan con la intensidad de un haikú sino que son fotos instantáneas. ¿Qué instantes se prefiguran en estas? Esencialmente aparece referido el cuerpo cotidiano de un migrante en San José de Costa Rica, un migrante que escribe poemas para no morir. Esta identidad individual tan remarcada reaparece muchas veces y en muchas frecuencias:

“¡Escribí un verso memorable!

“Hace frío

me descubren extranjero

uñas con tierra caliente”.

“Crece el mes hasta morir;

no hace falta alimento,

la renta acecha”.

Entre la vida del día a día, esta voz migrante se enuncia desde la carencia y percibe la propia urbanidad como un ogro vivo:

“Ciudad sobre ríos,

comen carne humana

sus edificios”.

“San José de noche;

en sus calles neblinadas

mi futuro incierto”.

La distribución textual en La suma de todos los daños, para quienes lean de corrido, como yo lo hice, juega las veces de una intersección de tres trayectos o derivas: la sensorialidad del instante preconizada desde un cuerpo y una voz en desplazamiento migratorio, el ludismo sexual que evita la erotización de la psique y el escenario emocional que representa estar inmersos en ese laboratorio de guerra llamado así, con trece letras: Centroamérica.


Te agradezco, Moreira, por esta provocación que ha sido la experiencia de leerte en inédito embrionamiento. Leerte me mueve el instinto hacia el coraje de no olvidar, pero me recuerda que la herida de Nicaragua es más antigua, más profunda: las polaridades de timbucos y calandracas que exponen cuerpos ajenos del margen al rito de la inmolación nacionalista.


Por último, sobre Memorial del fuego la sección nacida de la reciente crisis popular de Nicaragua, construyen una urgencia dolorosa pero, sobre todo, necesaria... ¿Inevitable?

Ezequiel D´León Masís

Entradas destacadas
Entradas recientes
Archivo
Buscar por tags
Síguenos
  • Facebook Basic Square
  • Twitter Basic Square
  • Google+ Basic Square

© 2020 Casasola Editores LLC

  • Twitter Social Icon
  • Facebook Social Icon