Mi verso de “La suma de los daños”

Ser poeta en lengua española es difícil, y más difícil es serlo en Nicaragua. Cualquiera puede hacer poesía, pero no cualquiera hace buena poesía. Escribir un verso en español nos exige tanto, porque si hay buenos poemas, esos son los poemas de los grandes poetas españoles y luego de Rubén Darío muchos más escribieron poesía en español de gran calidad que aún en la posteridad son leídos e impresos.


La larga herencia poética de Rubén Darío, “quien creo nuestra identidad”–como afirma don Sergio Ramírez Mercado-, de doña Claribel Alegría y don Ernesto Cardenal cuya poesía fue reconocida –de ambos- con el Premio Reina Sofía, un galardón literario que enarbola la poesía española de calidad, es el mayor peso moral que tenemos los nicaragüenses. A esa herencia de la que también se suman cada vez más poetas nicaragüenses es la que ha tomado por propia Andrés Moreira (1991).


Su poemario “La suma de los daños” (2020) bajo el sello de Casasola editores es el inicio de la que, sin duda alguna, será una producción constante de poesía. El título por sí solo sugiere que este poemario es la suma de esfuerzos, inspiraciones, tristezas, “daños” –en palabras de su autor- que muestran la añoranza y nostalgia de un tiempo que pudo ser mejor.


La primera parte con que inicia el poemario: “Bitácora de extranjería” es un golpe al sentimiento del terruño: Hace frío / me descubren extranjero (II) cuando el poeta se ha dado a conocer, saben que es nicaragüense y que ha dejado el país por una razón ajena a su voluntad. Este es mi verso de La suma de los daños. Si nos sentimos apátridas es porque hace falta el calor del hogar, de la infernal Managua (en el caso de Andrés) y el calor de los amigos a quienes le dedica la mayoría de los versos de esta primera parte. Versos que solo transmiten dolor como el siguiente: No tengo nada para desayunar (IV) y más adelante se rasga el alma en la preocupación: el alquiler acecha (XII).


En el verso mi futuro incierto que se pensó en una noche de San José que antes describió sus calles como nebulosas, nos muestra la etapa reflexiva y la inspiración que surge en cualquier circunstancia de nuestro itinerario. Estos versos sí son una auténtica bitácora, no solo de tristeza, también de encuentros gratos, de los momentos de Heredia y su cielo arde y que en él ve reflejada la Managua que dejó. Pero no todo es tristeza y preocupación, también hay itinerario amoroso que dicen que no fue del todo malo ser reconocido extranjero. Andrés escribe Nunca reparé /en tus labios abrasados.


Y así como dice ser descubierto extranjero, también llega el momento de decirle adiós a Costa Rica. En este verso: Los amigos se despiden y en Aunque no regrese, / sabrás esta noche eterna (XXII) da por sentado que los poetas son seres como el río de Heráclito.


La segunda parte del poemario: “Palabra húmeda” está compuesta de poemas dedicados a la mujer. Si en un poemario no hay nada para la mujer, entonces no es poemario. El mejor de todos es Beatriz (aquí peco de sesgo ). Beatriz posee tres versos que son todo un culto a la mujer:


De espaldas

¡cómo adoré tu espalda

salpicante de condescendencia!

Y más adelante continúa sacralizando las partes del cuerpo de la mujer:

Santos cálices

que sostienen tu cuello.

Y que hace referencia a los senos, ¿de Beatriz o de otra?

En Moreira y su poesía a la mujer, la espalda ocupa una parte importante. En Poema ajeno que es una promesa escribe:

Lo planteé rumiando

en el tatuaje que descubrí

habitando en la parte inferior de tu espalda,

una de tantas noches.

Pero no siempre habrá poesía que elogie a la mujer. El poeta sentencia en versos como los de Preludio de una despedida:

Un día amaré a otra y ya no te leeré ni me leerás poemas.

¿Y quién es la otra? Andrés la describe con esta afirmación como la que

amará al hombre triste

y apátrida que a veces escribe poemas.

Los poemas de Memorial del fuego son el dolor de país que se evidencian en todos los versos. Son poesía lapidaria. Ha elegido los poemas que auténticamente reflejan el daño del genocidio. En todos hay sentimientos, pero aquí es la voz rasgada del poeta hecho palabra, hecho verso y rima que asume el dolor y la impotencia como inspiración. Memorial del fuego la compone Plegaria (el poeta es ateo) y comienza:

Dios, te ruego que sus armas se atasquen y sus manos se cercenen,

que el francotirador pierda la vista y una pierna,

cegalo con la luz que no tenemos.

Apagá la existencia de quien da la orden de fuego.

Es el poeta que ya no quiere la sangre ni el llanto por los asesinados de su generación. Esta parte describe la Nicaragua ensangrentada por el caudillo de turno y se convierte en auténtica protesta. En su poema Muerte va expresar el temor por el atrincheramiento de dos amigos: Es de noche, / te veo desde un agujero de la barricada. Sobre la barricada aún hay sangre y las universidades son barricadas que nunca cerrarán. Era mayo del 2018.


El poema más doloroso es Abril, “el mes más cruel” –escribe Thomas S. Eliot-. En él yace la suma de un daño que aún no se repara y no sabemos cuándo será. La poesía se convierte en denuncia y está cargada de un dolor profundo inexplicable que el poeta asume propio y que niega la esencia misma de su poema:

No son versos,

son lágrimas que encuentro y luego cargo

como un féretro

con cientos de cadáveres dentro.

A Abril se le suma un cadáver: el del poeta amigo, a quien le dice:

Caminá tranquilo porque hoy moriste un poco más

y celebrás la muerte como el obsequio

que traen los reyes carniceros con un poema.

El último poema, Fernando, una repuesta al poema Andrés de Fernando Gordillo, poeta guerriller, respondería a la pregunta que pudiera resultar de todos los versos de esta última parte: ¿Quién es el enemigo? Andrés Moreira responde: A casi medio siglo de distancia, el enemigo, es el mismo: / nosotros. Porque somos nosotros los que creamos los caudillos que regalan plomo, que llegan con la muerte y reclamando sangre, y no cambiará nada, quedará todo igual mientras veamos de lejos a quienes un día desean que no exista patria que llorar. Hoy, hijo mío, que ahora responde al poema Mañana, hijo mío de Edwin Castro, también poeta guerrillero, cierra con un adjetivo demoledor que describe perfectamente nuestra realidad: “peor”. Ya nada es distinto desde aquella vez, es peor hoy, y lo seguirá siendo.


El poemario cierra con una serie de poemas que componen Hombre roto. A saber por los poemas que componen este esfuerzo de Andrés Moreira, en todos ellos parece roto: en ser reconocido como extranjero y con un futuro incierto, en la mujer a la que ya no le escribirá poemas, en el dolor de abril 2018 y en esta última parte. A pesar que todos los poemas son dignos del mejor de los análisis, Hombre roto cierra el poemario con los mejores versos de un no creyente:

Elevé mis rezos

y no fueron escuchados.

Mi llanto no llegó hasta vos.

Aquí estoy, Señor;

un hombre roto

que sólo quiere descansar.

Sobra decir que el descanso no existe para los poetas. Celebro este poemario de Andrés porque sé que la poesía le ha redimido la existencia, y aunque con mucha modestia diga en estas páginas de La suma de los daños: “Nada florece”, lo cierto es que ha florecido un poemario como si fuese un girasol de “luminosa forma” como los de Francisco. Finalmente ya no son los amigos los que se quedan, son estos versos. Andrés tendrá que dejar de decir que solo quiere descansar. Aquí inicia un camino donde borrar y borrar es la mejor manera en que se hacen los poetas.









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