‹‹Los girasoles me llaman››.

‹‹El morir es ganancia››.

Flp. 1:21.


La mañana del día en que F. había concretado lo que nadie imaginaba y que nos llenó de consternación, después de que Borja y María Elisa lo encontraran en el granero, tal cual había escrito en uno de sus poemas: ‹quedará únicamente mi gesto desvanecido››, F. quedó desvanecido en su cuerpo, pero no en su legado que en la posteridad es celebrado, analizado y compartido con nosotros. Un mundo maravilloso (Casasola, 2017) nos trae la semblanza literaria sobre la poética de Francisco Ruiz Udiel (1977-2010) que Roberto Carlos Pérez pone en nuestras manos con la maravilla de su narrativa que nos ha deslumbrado desde aquellos cuentos de Alrededor de la medianoche y otros relatos de vértigo en la historia.


Esta novela –no biográfica- que recorre la poesía de Francisco como fruto de la lectura de su autor nos da a conocer al F. que pocos conocemos; no al F. de los girasoles o del Ars a Vicente Huidobro, sino al F., que lamenta lo que hace ‹‹cada cuatro años la muerte››, al poeta de las dudas existenciales y que testa su obra en los albores del adiós premeditado cuando sintió el llamado de los girasoles.


Roberto Carlos nos muestra a un hombre que auto recrimina su existencia porque ‹‹cometi[ó] el delito de haber nacido en una época y en un lugar donde es una desgracia ser verdaderamente humano y sentir todo lo que he sentido y expresado con la poesía››. En ese primer capítulo (What a wonderful world), nuestro autor coloca en sus líneas a F. hablándonos, auto consolándose rumbo al suicidio tras una depresión de la que dice: ‹‹Quien sufre depresiones sabrá de lo que hablo. A los demás, les costará entenderlo››. Porque hay quienes como yo que no podemos entender el suicidio y calificarlo como falta de valor, pero era de lo que más estaba dotado F.: del valor de un hombre que ha alcanzado la fuerza para edificar su suplicio.


En ese mismo capítulo nos habla de cómo es observado por los libros de Pizarnik, de quien se refiere en un poema Cada cuatro años nace un poeta suicida, a la que, por supuesto, le reconoce ‹‹la valentía con que enfrentó su destino››. Pareciera que el suicidio es visto como una huida (al igual que la poesía) para pasar por desapercibida el hambre, esa que fue siempre fiel a la miseria del poeta. Esa de niño, pero ya de hombre fueron ‹‹la ansiedad, los ataques de pánico y la falta de sueño›› que fueron minimizados por los libros puestos sobre el suelo, los libros que hicieron compañía porque en el segundo capítulo (Los girasoles), F. nos cuenta sobre la supuesta muerte de su madre y confiesa que su ‹‹padre fue uno de tantos canallas que engendran y abandonan››. Era un hombre únicamente consolado por sus libros y la música que a ratos le acompañaba.


El sufrimiento de F. no cesa, es permanente, es hombre de lágrimas, esas de las que se refiere como las que ‹‹fácilmente me brotaban››. Los golpes son fuertes, ‹‹golpes como del odio de Dios›› que César Vallejo versa en Los heraldos negros. Solo así pudiéramos entender el escepticismo de Francisco del que da fe en su poema Nada:



Nada es una palabra

inventada por Dios

para escupir su desprecio.


Yo soy la palabra de Dios.


Y que en otro verso dijo: me siento despreciado por Dios.

Sentir de golpe el paso de la aldea a la ciudad y en eso F. no mide en sentirse lleno de pesadumbres: la guerra lo llenó de nostalgia, los ratos adversos a sus temores y tristezas se calmaban con ‹‹dos o tres calmantes›› para que puedan brotar lo único que posee: sus versos. Es en su propia poesía donde radica la existencia de Francisco. Roberto Carlos lo sabe y lo ha plasmado bien en esta novela corta cual si fuese el testamento de F. que al contemplar un girasol en la ventana hizo que brotaran los hermosos versos:


Habría que sembrar girasoles de pesadumbre,


de tallos largos que sostengan


la gravedad del hombre,


sembrarlos a lo largo del camino,


plantarlos en los techos de las casas,


en todas partes, con su luminosa forma.


No cabe la menor duda que F. considerará la palabra escrita como la mejor forma de entendernos. El mismo dice de sus versos: ‹‹Con ellos entierro… también el dolor que me producen mis amigos al no comprender que mi verdad está cifrada en cada verso que me sale del pecho››. Fue en esos versos en los que quiso ser un Quijote tal cual confiesa en La Bohéme su pasión por los libros, por el invento que es la literatura y por reconocer en cada línea que las palabras son él y un reflejo de él. Y así en las tertulias que vivió donde no faltaba la carcajada ni los tragos, todo faltaría, pero no la risa que es la expresión de la inteligencia humana, aunque fuese fingida como la de F.


Francisco si supo entender su vocación. No estaba lejos de la realidad que produce el ser un escritor en un país de poetas. Las oportunidades llegan y con ella ‹‹la fama nubla, aliena y engaña››. Es la humildad de quien se sabe servidor de la poesía y en ese sentido, Roberto Carlos supo elegir lo mejor de los versos de F. para recrear su obra como testamento humano, ético y literario de un hombre excepcional desde su niñez hasta su muerte.


¿Y del amor? Jimena es ‹‹la razón de tantos tropiezos, pues con tu sola presencia el corazón se me desbocaba como a un adolescente››. F. se ha enamorado. Se detiene el tiempo, el ritmo del verso encabalga en su autor mismo, hay una pausa cuando el amor llega con una mujer ‹‹tan discreta, tan comedida, tan dueña de ti›› que en un grito exigió a un hombre vivo y que solo logró herirla con las heridas que desde el día en que nació, F. cargó. Roberto Carlos plasma una memorable frase: ‹‹muchas veces creí que en ti había encontrado el antídoto contra la tristeza›› que nos haría pensar que ese amor era la redención –junto a la poesía- y hubiera más F. que leer, y aunque pudo haber superado todo como lo dice en el capítulo Palabras al viento, pero no la ausencia de la madre, Jimena pudo significar ese deseo de resolver las cosas que pudieran haber perdonado la culpa de F. y los sufrimientos que cargó hasta el día que optó por la soga.


Toda esta novela es un desgarre emocional. Es una narración que suma las penas y restó las pocas alegrías, que no contiene las lágrimas en sus páginas con solo el hecho de pensar que F. las contuvo ante el abrazo de Ana María. Y nos preguntamos: ¿Por qué no pudo vivir Francisco? Porque de la depresión no se sale fácilmente y de todas sus ausencias. En su poema Hay noches que no quiero saber nada dijo: Ni la noche, ni la calle, ni el perro/ podrán apaciguar esta ausencia. ¿La de Ana María?


Finalmente, Roberto Carlos cierra su novela con un testamento de juicio que F. recomienda. Júzgame tú –dice- y añade: despréciame si quieres. Pero al leer esta despedida de F. no podemos juzgarle, al contrario, entenderle y abrazarle en cada girasol que vemos a lo largo del camino, pensar a F. en la luminosa de forma de quienes lo han llamado a la muerte y de la que pensó: ‹‹Ahorcarme podrá ser doloroso pero durará pocos segundos. Después vendrá la calma››.


Gracias, Roberto porque nos has dado una novela que rescata el valor de quienes ‹‹cada cuarenta segundos toman la decisión


de irse sin ser jamás comprendidos››.











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