• Albany Flores Garca

Amor y remesas

Ella es una mujer angoleña que apenas sabe deletrear su nombre en una ventanilla de Wester Union. Está ahí despachando en números su amor por el distante. Podría ser cualquier mujer, llegada de cualquier lugar a cualquier parte del mundo, o un hombre —llegado desde el roto corazón de América— de estatura promedio, piel pálida, ojos de pupilas ennegrecidas y una voz taciturna, pausada.

Es la propia historia del poeta, del viajante que ha partido de casa y añora, en silencio, el espacio común donde aman los suyos. En Amor y remesas, de su nuevo poemario El futuro que no fuimos (Editorial Universitaria UNAH, 2018), Leonel Alvarado es la voz y el testigo de millones de apresurados fugitivos, de cruzadores de imposibles fronteras, de burladores de líneas y geografías.

Alvarado lo escribe desde la certeza, desde lo vivido por más de 20 años lejos de Honduras. Así abre el recuerdo de más de un millón de compatriotas que, al igual que él, partieron hace tiempo de casa, pero que, a diferencia suya, no pueden regresar.

Como él (o como esa mujer angoleña), cada uno de esos millones se ha parado un millar de veces detrás de una pequeña ventana de Wester Union, para enviar a sus familias el amor que se llevaron, e intentar poner en cifras el cariño.

Las remesas son entonces una muestra de amor, pero también el único bastión que sostiene a un país hundido. Solo el 2020, los más de 1.2 millones de hondureños dispersos por el mundo —incluido el autor—, enviaron al país alrededor de 5.736,6 millones de dólares, que representan unos 138.294,96 millones de lempiras, que a su vez equivalen a casi la mitad del Presupuesto Nacional Anual: ese es un amor que salva.

Pero el derecho de esperar detrás de la angoleña se gana: usted cruza desiertos, se lanza al mar, se esconde en trenes, espera en campos de concentración, espera en campos de detención y si muere en el intento, le pide a su cadáver que le guarde el puesto en la fila.

Aun así, si por alguna razón logra sobrevivir a todo eso, deberá hacer esa fila detrás una mujer y una discreta ventanita que, sabrá a qué hora, y de dónde partió ese amor.

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