• Fernando Destephen

De los Poetas del °0 hasta el suicidio cultural permanenteEntrevista a Jorge Martínez Mejía.

“Yo soy un ciudadano nacido en un pueblo minero, en un área semiurbana con población cosmopolita llegada de diferentes partes del país. Empecé a escribir alrededor de los 12 o 13 años, imitaciones de poesía de la edad de oro, especialmente de Lope de Vega, de Luis de Góngora, pero eran imitaciones de adolescente sin consciencia plena de lo que significaba la Literatura, pero la lectura me llevó poco a poco a descubrir el mundo de la literatura y hasta que ya estaba dentro me di cuenta de que estaba escribiendo”.

Este párrafo no resume la vida literaria y la obra de Jorge Martínez, se presenta consciente de su responsabilidad como escritor, pero también cuenta el proceso que le llevó a serlo. La vida literaria de este escritor hondureño pasa por el oscurantismo y el eco de dolor de los desaparecidos y los suspiros de sus familiares.

Con Jorge nos encontramos en un café del centro de Tegucigalpa, nos saludamos y hablamos en off mientras organizaba mis preguntas. El eco sordo retumbando en el viejo edificio, renovado para venderlo como un centro comercial, las voces atipladas que se juntan en el oído y no permiten escuchar ninguna, las máquinas haciendo bebidas de café y las mesas llenas. Estamos en mayo de 2021, el Covid -19 se pasea por Honduras, pero a los hondureños el Covid-19 casi no les importa.

Darle un nombre al oficio es difícil, ser consciente de ser escritor no es fácil, siempre hay un proceso previo, una negación o una duda, pasaron unos seis años “para que yo me diera cuenta de que me estaba dedicando a escribir, siempre escribía, pero no para publicar,” cuenta Jorge Martínez.

Todo cambia en 1988 cuando Helen Umaña publicó el poema “Palabras de Poco Tiempo” en la sección cultural Cronopios del extinto Diario Tiempo. En palabras de Jorge “es un poema muy duro porque era el momento aquel cuando estaba muy fuerte la represión policial y militar el Honduras, se estaba aplicando la doctrina de la Seguridad Nacional. Los dirigentes magisteriales, obreros, campesinos y estudiantes eran perseguidos. Habían muchos encarcelados y muchos desaparecidos y la poesía era contestataria, revolucionaria y mostraba exactamente la posibilidad de caer muerto en cualquier esquina, la posibilidad de que nadie se dé cuenta dónde y cuándo caíste. Pero que en el ideal revolucionario ninguno de los muertos cae en el vacío”.

La poesía siempre ha desafiado los horrores de las dictaduras y los abusos de poder que tantos muertos y desaparecidos continúa dejando. Vivir y escribir poesía es tiempos de oscuridad debería de ser considerado un oficio de alto riesgo o de guerra.

La poesía de los años 80´s era bastante comprometida y política. Fue un tiempo en el que poetas como José Gonzáles, Juan Ramón Saravia, Óscar Amaya Armijo tenían una poesía muy comprometida y “nosotros que íbamos como detrás de esta generación, lo que se conoce como la pos vanguardia ya íbamos creando nuestros trabajos con un ideal poético sublime a la manera de Roberto Sosa, con una figuras literarias muy rebuscadas, muy lisas y muy pulcras, que cuesta bastante decir que es una poesía cuestionable, a pesar de que hayan versos de esa época que son altamente cuestionables por lo panfletario, algunos poemas de José Adán Castellar o del mismo Roberto Sosa, poemas que pueden ser cuestionados porque tenían el propósito de hacer denuncia, porque la época lo exigía”.

Ser la nueva generación en el arte es un compromiso desconocido porque es construir un mundo al mismo tiempo que se construye la estructura que la sostendrá y así se van construyendo los escritores de una nueva generación y así le pasó a Jorge Martínez también.

Ante de esta revolución digital todo era análogo y la inmediatez dependía de correspondencia o teléfono fijo. El mundo no se había acelerado tanto en los 80´s, no en el aspecto del acceso a la información, porque en esa época los que tenían información eran desaparecidos.

Las publicaciones eran físicas, reales, pasaban de mano en mano y eran leídas con paciencia. Revistas, boletines, colaboraciones entre distintos escritores permitían la publicación de los poemas que no gozaban de la aprobación de los milicos de Álvarez Martínez.

Jorge, con el también escritor Samuel Trigueros, fundan el boletín Metáfora, ese boletín se convirtió en revista literaria. Felipe Rivera Burgos, Marco Antonio Madrid, Luis Núñez, Óscar Mejía, Mario Gallardo, Samuel Trigueros (quien se mudó a SPS en esa época) y Dennis Arita eran los que escribían en la revista, se leían y se comentaban.

Fue hasta noviembre de 2004 en San Pedro Sula que se publicó Papiro, el primer libro de Jorge Martínez.



¿Qué se siente venir de una generación como la de los 80´s?

Tengo la impresión de que somos una bisagra entre la generación de la vanguardia y las nuevas generaciones poéticas. Todavía en nosotros hay una pulsación por lo político. Nosotros actuamos políticamente, tenemos una acción política, pero la poesía se mantiene en una especie sublime, entonces romper con lo sublime en mi caso, fue bastante duro, porque aquí realmente la poesía a nadie le importa y no solo es porque la gente no pueda leer poesía sino porque la poesía dice cosas que la gente no entiende y muchos poetas, se puede decir que son poetas, mujeres y hombres escriben unos fárragos indescriptibles, indescifrables completamente oscuros que nadie se puede atrever a decir que no tienen nada, porque sencillamente no se pueden leer porque no dicen nada, crípticos. Y hay muchos de esos y llenan las librerías y hay una especie de distanciamiento de los lectores porque se dan cuenta de que es una seudoliteratura, es una seudopoesía que presume de intelectual y de sofisticada, pero no tiene quien la lea y si hay quien la lea es un pequeño grupo de la misma elite poética que aplaude para no reírse.

En San Pedro Sula nos hastiamos de eso. Por ejemplo, las publicaciones de escritores de Tegucigalpa que prácticamente publicaban un libro diario y nos parecía sospechoso, hasta que nos dimos cuenta de que era mala poesía. Poesía mala, no estaba elaborada, era pretenciosa y de la que nadie se acuerda. Desde 1995 hacia acá, nadie puede acordarse de un buen libro. Un buen libro, quizá Máscara Suelta de Roberto Sosa, pero se sigue hablando de la misma generación.


¿Qué pasa con los escritores, falta de formación, lecturas o falta de crítica?

Es que hubo bastantes talleres de literatura y surgieron escritores de taller y de talleres con muy poco rigor, y cuando tenés un aval y no te exige, entonces se escriben cosas que están buenas y se cree que con eso ya hay derecho de publicar.

Son poemas con los cuales se puede expresar cualquier cosa que se te venga a la mente, pero el tema es cómo lo percibe un lector promedio. El país se llenó de ese tipo de literatura y nosotros afortunadamente nos dimos cuenta a tiempo y también a nosotros nos hizo falta lecturas, porque no sabíamos por qué cuestionábamos tanto, qué era lo que cuestionábamos, al fin y al cabo no solo era poesía de mala calidad sino el hecho que hubiera un centro político cultural que se asumía como metrópolis de la cultura [Tegucigalpa]. Cuestionábamos ese antropocentrismo cultural literario, porque ningún escritor de la Costa Norte podía funcionar sino tenía un padrino de la Editorial Guaymuras.

Porque Editorial Guaymuras era la élite literaria que bautizaba a los escritores exitosos del país. Porque adentro habían críticos de literatura (y siguen bautizando) por ejemplo: si Helen Umaña, Isolda Árita, Rigoberto Paredes o Hernán Antonio Bermúdez decían, esto está bueno, ese nombre se convertía en un nombre consagrado en la literatura hondureña, no había más para donde pedir, entonces habían allá en las márgenes escritores que jamás iban a ser reconocidos.

El caso del poeta de la Costa Norte, José Antonio Fúnez nació en la urbe universitaria y todavía descansa su forma literaria en la respiración de Roberto Sosa. Entonces todos esos poetas que de alguna manera respiraban en el ámbito de lo social, del compromiso político, encontraban en ese momento la venia para ser publicados. A partir de ahí hay una enorme separación y empiezan algunos escritores a publicar por su propia cuenta, porque no encajan en el esquema.


¿Esos escritores rompieron el esquema, el padrinazgo o fueron ignorados?

Las élites literarias dejan por fuera a los que escriben cosas nuevas y aquellos tienen que reinventarse, es la única manera. Por ejemplo, el caso de Edilberto Cardona Bulnes, que lo marginaron a propósito. No tiene la sociedad hondureña, no logró despejar como industria del libro mantenida con la Cooperación Internacional.

Esa cooperación internacional durante la Guerra Fría tenía intencionalidades políticas y de un lado estaba la producción de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH) y del otro lado las producciones independientes de estas editoriales, y una vez que empieza a diluirse esa polarización, entonces la Cooperación Internacional comienza a menguar las publicaciones, también los autores y quedó una pléyade de autores consagrados y un mar de escritores que jamás van a llegar a ser autores.


En imagen, el escritor Óscar Estrada y Jorge Martínez Mejía


¿Cuál es la diferencia entre un escritor y un autor?

El escritor es aquel profesional que se dedica a la literatura o a otra de las ramas que tiene la escritura creativa profesional que no tiene una marca como autor. La autoría es una marca reconocible dentro de la industria del libro. Un autor es aquel escritor que puede ser reconocido a partir de su obra convertida en una mercancía reconocible.


¿Existe un mercado del libro en Honduras?

Está colapsado. No hay manera de que se publiquen libros en Honduras sino es a partir de la Cooperación Internacional, o la auto publicación “sacar las magras finanzas del escritor para publicar un libro que nadie va a comprar,” si nadie lo va a comprar no hay mercado. ¿Quiénes compran libros en Honduras? Una pequeña capa social que los compra para las necesidades escolares de un grupo muy elevado, social y económicamente.


¿Debería de existir una estructura dirigida por escritores para hacer funcionar la industria?

Existe. Las necesidades de la industria del libro y de la creación de autorías produjo en Honduras grupos de escritores, por ejemplo: la Sociedad Literaria de Honduras, también Mi Mala Palabra de San Pedro Sula y antes existieron otros grupos en Tegucigalpa y uno de esos grupos fundó la Editorial Guaymuras. Del 2000 hacia acá los escritores se fueron asociando, colaborando, editando, haciendo prólogos, pero su obra no alcanza ningún mercado.

Los escritores que ya están muy consecuentes con su obra y se dan cuenta de que nadie les va a reconocer nada, se detienen y con cautela producen a pulso su obra y estos escritores son novelistas y producen una obra de mucha calidad, pero que muy pocas veces es consumida por el mercado local hondureño sino que es producida para un consumo internacional, pero que no provoca suficientes ingresos económicos, pero si te produce una imagen efímera que no logra convertirse en verdadera autoría.


“Lo que sí es claro es que en Honduras hay literatura de mucha calidad y es una lástima que son pocos los libros que circulan”.

Los poetas del grado 0

Son una pequeña leyenda en desuso. Un grupo de escritores jóvenes de la Costa Norte que olfatearon en el 2006 esta situación antes de que sucediera y dijeron: “aquí la poesía no existe, ya murió,” esto que está pasando ahora lo percibieron unos 15 años atrás y decidieron producir un relato en el que quedara evidenciada su manera de ver el mundo y por otra parte expresar su hastío respecto de esa poesía de mala calidad, que en aquel momento apreciábamos existía en el país.

Los poetas del grado 0 también es una novela colectiva creada por un grupo de escritores, los que aún y cuando no podían reflexionar sobre todo el acontecer nacional, sino que se centraban básicamente en la poesía, fueron muy intuitivos al darse cuenta de que habíamos llegado a un tiempo complejo en donde la literatura no tenía asidero, ninguna oportunidad, donde el lector había muerto y donde el autor había muerto, entonces habría que matar lo único que quedaba, una especia de garabato de calavera que nadie quería sepultar; era la poesía.

A partir de esa anécdota crearon una historia muy importante, pero que en Honduras no solo se trata de una industria del libro débil o nula sino que hay una especie de suicidio permanente u homicidio cultural permanente, en Honduras no podes tener demasiado reconocimiento.

Si en Honduras tenés un poco de reconocimiento, lo primero que te sucede es la anulación, la separación y el apagón. Entonces los Poetas del Grado 0 produjeron un ruido negativo; la muerte de la poesía. Aquí no podés hablar de que se mueran los poetas porque si se le dice eso a un poeta no existís.

En Honduras no se funciona por el tema del criterio científico ni la evidencia. En Honduras se funciona por rumores. Si se establece un rumor sobre un autor X lo anulas para siempre. Roberto Sosa, el mejor poeta de Honduras o Juan Ramón Molina, el mejor poeta de Honduras, con esos rumores que no tienen evidencia. Hay una especie de actitud de generación de rumores muy poderosos negativos; ese poeta es una mierda, nada de lo que ha escrito sirve. Ese es uno de los peores que existe, no le andes publicando nada a ese: así funciona.


En imagen, la escritora Jessica Isla y Jorge Martínez Mejía


¿Los Poetas del Grado 0 se adelantaron a la época, la mentalidad y la poesía?

Como grupo lograron percibir lo que se avecinada. Lo que estamos viviendo en la actualidad en el país es una poesía que nadie lee y si nadie la lee para qué existe, y una saturación de lecturas de poesía por cualquier lado y ya no se sabe de qué se trata porque se anularon los esquemas tradicionales que habían para la construcción de autoría.

Aquí se generó un comportamiento social del escritor en donde todo se vale y como todo se vale se pierde el criterio estético respecto de la literatura, y entonces el lector común tiende a observar que hay algo que no funciona bien y se va. Los Poetas del Grado 0 no es que se hayan adelantado a su época, porque no es mucho lo que se ha hecho en literatura en el país, por ejemplo la meta literatura o el uso del pastiche dentro de la novela, en el cuento, el relato, la auto referencialidad, el escritor que se usa a sí mismo como personaje y construye a partir de su propia vivencia una anécdota literaria es probable que ya haya existido.

Lo otro es la construcción de lo urbano dentro de la narrativa o la ciudad como personaje que lo encuentra en escritores como Marco Carías y en Roberto Castillo. Los Poetas del Grado 0 no solamente tratan de adelantarse a un acontecimiento o un estilo literario sino que también enlazan con la tradición de la narrativa hondureña más elevada, intentan eso, pero tienen otros rasgos que son muy interesantes, que son el sentido del humor: burlarse del acto literario, de estarse burlando de la poesía misma y de esa solemnidad que ha tenido la poesía en Honduras, porque acá llegas de saco o enrollado el pescuezo con una bufanda, mientras estas muriendo del calor, es irrisorio. Entonces tenés una literatura que es insufrible por aburrida, porque no tiene nada de la espontaneidad natural del ciudadano o de la vida urbana, entonces nadie quiere leer eso.

Es una literatura como rellenada, hecha de recortes simbólicos foráneos, entonces no se puede hacer algo propio.


En imagen, la escritora y crítica Helen Umaña y Jorge Martínez Mejía


Esta es la mara homitos

Originalmente se publicó con el título: El mundo es un puñado de polvo, pero es un título bastante rebuscado y se trata de una serie de anécdotas. Realmente es un libro escrito con un estilo poético, pero la anécdota es verídica, porque el autor se ha valido de las locuciones orales de los jóvenes que escribieron en el mundo de las pandillas y con esas anécdotas construye ese pedacero que significa vivir en Honduras.

En Honduras se vive en un pedazo de espejo, por eso hay algo ahí de que vivimos en un espejo roto o un mosaico hecho pedazos, estos cipotes cuentan su historia y lo que hice fue recuperar esa voz, quizá tal vez como lo hizo Óscar Estrada con Marabunta, La Masacre de El Porvenir que estábamos muy preocupados por las masacres de los jóvenes en Honduras y queríamos, teníamos la intención de dejar registro y evidencia de lo que ha pasado.

Es un libro con un lenguaje poético, pero con una intencionalidad documental, porque no hay fechas, pero si ubicaciones geográficas en San Pedro Sula, Olancho y la Costa Norte, también nombres de instituciones. El autor se va identificando con una problemática social especifica como un lastre de la vanguardia, es decir: yo vengo de la vanguardia y para la vanguardia la problemática social es real y necesita respuestas ciudadanas y el arte es una de las respuestas ciudadanas ante la desgracia que vive la población hondureña, entonces tanto en la poesía como en Los Poetas del Grado 0 hay denuncia directa de una problemática social específica y en la novela: Esto es la mara homitos no solamente denuncia sino que hay una intencionalidad de recuperar la forma de la vida como evidencia que demanda la comprensión del lector. Son textos que exigen al lector cierto tipo de compromiso intelectual.


¿Cuál debería ser el papel del escritor en Honduras?

Seguir escribiendo, seguir exigiéndose muchísimo, sin olvidar la población con la que estamos conviviendo, ya no estamos conviviendo solamente con millennials que son inteligentes y son de lectura breve, no son lectores compulsivos de 400 páginas.

Estamos conviviendo con una población que lee textos cortos, chispeantes, atractivos, no precisamente lineales, sino que llenos de fuego y de sentido del humor, pero también llenos de su propia vida.

El próximo lector después de los millennials va a ser un lector más de figuras cortas, me da la impresión de que no solamente se trata de textos largos, de párrafos largos sino de locuciones eficaces en donde el adjetivo y las figuras literarias van cayendo y va quedando una acción pura, pero que la inteligencia del nuevo autor es convertirse en una especie de Tarantino en el cine, es decir un escritor que te llena de humor aún en la crueldad, que este país lo necesita.

Lo otro que me parece importante es la referencialidad local en el país, sigue siendo uno de los temas más importantes para la literatura. La fantasía por la fantasía no creo que tenga tanto impacto en una sociedad como la nuestra, porque está demasiado saturada de realidad, entonces se necesita una literatura que se contraponga a esa realidad de los fake news que se producen, pero que tenga verdades profundas y que sea contada de modo que el lector lo lea rápidamente, pero que se comprometa y que encuentre su propia poesía. Me parece que es lo que los escritores debemos estar haciendo, porque hay una poesía sublime, dolorosa, victimizada y demasiado perfumada que ya pasó a la historia. Ahora hay una poesía a la que aún le falta arrancarse tirones de carne para mostrar lo que está pasando y las mujeres andan por ahí, pero andan todavía sin claridad en esto.


En imagen, los escritores Gustavo Campos, Magdiel Midence y Jorge Martinez Mejía


Gustavo Campos, ¿Cómo te impactó la muerte de Gustavo?

Estoy encachimbadísimo con Gustavo porque me parece que se perdió muchas cosas buenas que vienen. Desafortunadamente no lo logró ver. Este abismo va a terminar y van a venir buenos momentos y que él haya quedado en ese tiempo tan lamentable y triste me molesta un poco.

Le di clases a Gustavo cuando estaba en segundo de ciclo común y en primero y segundo de bachillerato. Fui su profesor, el que lo indujo a la literatura. Gustavo Campos no aprendió conmigo literatura, pero fui el primero que conoció sus escritos y le di las primeras orientaciones de cómo escribir un poema o qué lecturas hacer.

Era un muchacho muy precoz, lindando con la genialidad literaria y muy pronto se dio cuenta de que el maestro que había conseguido era un hijo de puta que lo podía abandonar y consiguió otros autores mejores que los que yo le había referido. Por ejemplo, le referí todos los autores de la vanguardia y la pos vanguardia en América Latina y le referí algunos poetas europeos, pero Gustavo encontró una veta del malditismo, porque a mí me fascinaba Arthur Rimbaud, Charles Baudelaire y otros malditos de la Europa del siglo XIX, pero Gustavo encontró a Georg Trakl y a Leopoldo María Panero, se enamoró de Sylvia Plath y encontró en la oscuridad del romanticismo en el Conde de Lautréamont y en el Marqués de Sade encontró sus más poderosas fuentes de energías.

Él abrevó en la poesía oscura, por eso de alguna manera su forma de ser taciturna, melancólica y sus elecciones poéticas están directamente conectadas con su propia vivencia, pero lo que sí sé es que Gustavo logró construir con esos insumos intelectuales una poesía muy personal, con un estilo único que no se puede imitar fácilmente y eso me parece genial.

Por otra parte, al igual que yo y otros escritores de la zona norte comenzamos con la poesía, pero viramos hacia la narrativa. El viraje que hicimos en la narrativa lo hicimos al mismo tiempo, aunque Gustavo publicó algunos libros de narrativa antes que yo, los escribimos al mismo tiempo, por ejemplo El libro perdido de Eduardo Ilussio Hocquetot y los Poetas del Grado 0 son dos libros que están hechos como con la misma manufactura, pero es por la concomitancia de nuestras personas, es decir convivíamos mucho tiempo juntos, teníamos muchas lecturas similares, solo que yo escribí primero la novela de Los Poetas del Grado 0 y posteriormente él escribió: El libro perdido de Eduardo Ilussio Hocquetot, pero Gustavo tiene antes de ese libro, otro que se titula Los Inacabados en el que hay una intencionalidad de construir un mundillo de personajes literarios que no existen y que constituyen su mundo subjetivo de su realidad fantástica, una burbuja imaginaria en la que él desea vivir, es un buen libro con el que ganó un tercer lugar en el premio Nacional de Literatura.

Gustavo escribió y rescató cantidades de textos literarios hizo una gran cantidad de ensayos sobre literatura hondureña.

La muerte de Gustavo me produjo un sentimiento contradictorio. Un sentimiento de culpa porque fuimos muy cobardes con Gustavo, en lugar de unirnos alrededor de él para ayudarle lo abandonamos, ese sentimiento de culpa y la sensación de mi propia cobardía me molesta porque descubre no solo en mí sino en otros una especie de comportamiento inhumano, insensible respecto de los otros escritores, no podemos verlos ni valorarlos tal cual son, sino que preferimos verlos callados, ocultos y muriéndose del hambre y no podemos hacer nada por ellos porque nos creemos mucho más que ellos, es un problema.

El otro sentimiento es el que todavía tengo, saber que cuando voy a ir a un lugar Gustavo ya no va a estar ahí. Gustavo es una de las personas que más voy a extrañar en este mundo, me causaba tal plenitud al estar con él, llenura porque veníamos juntos, éramos compañeros.

Nos crecimos juntos en la literatura. Entre nosotros no había ninguna mezquindad respecto de lo que teníamos. Pero yo sí creo que fui mezquino al final con él porque pude haberle dado más de lo que él necesitaba y no lo hice. Eso me queda dando vueltas y tengo la impresión de que la obra de Gustavo necesita ser mejor estudiada, mejor valorada y no parece importarle a nadie.


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