• Fernando Destephen

«El fútbol me salvó de entrar a la pandilla»: Martín Cálix


Martín Cálix es uno de esos escritores que siempre está en un viaje de autodescubrimiento para mejorar su obra, que busca entrar en ese silencio interno para interpretar y procesar lo que experimenta. Su lugar de nacimiento fue El Progreso, Yoro, que pronto le quedó pequeño. El Martín de esa época desconocía por qué sentía eso, pero confíó en su instinto y se fue. Llegó a Tegucigalpa, luego se fue a Guatemala y volvió a Honduras. Al regresar, como un personaje de Campbell, Martín tenía ya una voz poética..

Nos encontramos en un lugar en peligro de extinción, una café - librería, como de costumbre éramos los únicos. El lugar lleno de bestseller gringos y novelas para jóvenes, más allá, por el anaquel de la esquina, los manga y novelas románticas y más allá algún libro de poesía. La música de fondo suena como un sountrack aleatorio que crea cierto ritmo a medida la entrevista avanza.

Me cuenta algo un poco gracioso, en una parte de su vida jugar fútbol lo salvó de las pandillas, no porque fuera buen jugador -cosa que él admite- sino persistir en los entrenamientos para que al verlo en el equipo los pandilleros desistieron de molestarlo o reclutarlo. Martín es claro, él sabe que el fútbol lo salvó.


¿Martín cómo te iniciaste en la poesía?

«Creo que como la mayoría de los que arrancamos en esto, uno comienza escribiendo poemas de amor a alguna chica que le gusta en el colegio. Recuerdo que tenía una máquina de escribir eléctrica y la use hasta que la cinta se gastó (tenía Martín 14 años)».

En ese tiempo Martín vivía con su madre y sus dos hermanos menores, antes de eso había vivido con su abuela, su padre, hermanos y primos. En esa época en las escuelas existía una cierta preocupación para que los jóvenes aprendieran mecanografía en la clase de español y también había un concurso de cuentos y fue en esta clase en la que Martín agotó la cinta de la máquina de escribir, una novedad en aquellos tiempos.

«Fue gracias a un familiar que vive en los Estado Unidos -una tradición, tener familiares en los Estados Unidos- quien mandó las famosas "cajas de encomiendas”, en esa caja venía mi máquina de escribir, sin tapa, pero era eléctrica». Recuerda Martín.

«Al principio era divertido, porque no sabía cómo funcionaba aquella onda y era de teclear y pasar del cuaderno a la máquina de escribir. Todo fue un ejercicio de iniciación».


¿En ese tiempo ya escribías?

«No, comencé a escribir porque me enviaron la máquina de escribir. Yo era un adolescente, jugaba fútbol. El estar en el equipo de fútbol del colegio evitaba que los pandilleros del barrio me molestaran para ingresar a la pandilla… Digamos que jugar fútbol en la secundaria me salvó o cambió el destino de las cosas. Tenía dos opciones: o me unía a la pandilla o jugaba fútbol y era malísimo jugando fútbol.

Me costó convencer al profesor lo porque yo era chiquito, delgadito y el profesor me dijo: “no, no es que si te dejo te puede pasar algo, te vas a quebrar, alguien te va a pegar fuerte y no quiero tener problemas con tus padres”».

Fue la persistencia de Martín lo que permitió que si lo admitieran en el equipo.

«El profesor miraba que llegaba todos los días a correr al entrenamiento del equipo y daba 20 o 30 vueltas a la cancha o recogía balones o cualquier cosa con tal que me uniformara, al inicio me toco hacer mucho para convencerlo..

El fútbol me salvó de entrar a la pandilla porque note que los pandilleros iban a ver los partidos del equipo al campo de fútbol del colegio, aparte que apoyaban al equipo y no se metían con los cipotes, entonces me dije: esta es una buena opción.

Alguna vez los pandilleros me pegaron una chapeadora (patada elevada al nivel de la cabeza) cuando íbamos pasando, pero se lo hacían a todos, claro había uno al que le iba peor que a todos».

El fútbol me salvó de entrar a la pandilla y luego la literatura me salvó de creer que iba a ser buen futbolista.



¿Cómo te descubrís pensando más allá de la clase de español y escribiendo?

«Quise ser muchas cosas antes de caer en cuenta de que iba a ser escritor y fotógrafo, ya tenía la seria intención de ser músico, tenía una banda de rock bastante incipiente: Pasos en el viento, era una banda que había tomado el nombre de un poema, escrito por un poeta de los campos bananeros; John Conelly.

Nosotros respetábamos mucho a Conelly y nos había dado el permiso de usar el nombre del poema para la banda, éramos amigos y a veces tocábamos canciones que él había escrito. Él en los 60s tuvo una banda de rock que tocaba en circuitos de los campos bananeros.

Cuando era niño no creí que me iba a dedicar a escribir, luego fui creciendo y me llegó el momento de enfrentarme con el verso, que fue cuando me toco escribir, porque no podíamos vivir tocando covers, entonces comenzamos a tener la necesidad de crear cosas propias. Me tocaba escribir las letras de las canciones.

Nos pareció interesante como la poesía profunda se podía dar en lugares en donde menos te imaginas y estaba desligada con los circuitos literarios hondureños y eso me parecía maravilloso. John es un escritor que nunca estuvo viciado por los temas del medio».

Gastamos mucha energía peleando entre nosotros o viendo quien escribe el mejor libro o quien tiene la mejor edición, peleando por tonterías.

«Creer que competimos entre nosotros es equivocado e ingenuo. Incluso –muchas veces- eso evita que la literatura hondureña despegue o se vea atractiva delante de los mercados regionales. No hay escritores hondureños circulando por los festivales de la región, cuesta mucho, son pocos o las ediciones de los libros hondureños no circulan por ningún lado, no solo porque no hay una infraestructura que te permita decir: “mi libro está publicado con una editorial interesante en Honduras y esa editorial es interesante porque me permite que a partir de la presentación de este libro pueda estar en la FIL de San José, Costa Rica o la feria internacional del libro de Guatemala” son cosas que los escritores hondureños -y no se trata de ser poeta o narrador en ese sentido estamos igual en ambos géneros- no entremos a esos circuitos, porque no tenemos editoriales competentes que tengan las estructuras para hacer llegar las obras a esos niveles.

Nosotros solos no podemos, nuestras obras solas no pueden, necesitamos una estructura y solo las editoriales pueden darla y las editoriales en Honduras tienen una estructura incipiente.

Quizá quienes estamos el mundo editorial en general tenemos años de estar diciendo: “estamos en condiciones incipientes” y hemos caído en la visión lastimera de decir que “somos los más subdesarrollados de la región y pobres de nosotros” pero no hacemos nada para cambiarlo, porque es muy fácil decir: mi trabajo únicamente consiste en publicar libros y luego no promoverlos y es muy difícil para el autor luego ver que los libros no se mueven, al final invertiste 8 o 10 años en escribir un libro y luego ese libro por políticas editoriales o porque definitivamente no hay una infraestructura que le permita a la editorial salir, no se mueven. Y olvidemos el año de la pandemia porque fue algo excepcional, hemos estado así los últimos 50 años. No nos merecemos eso. Merecemos cosas mejores, pero el medio literario hondureño debe darse cuenta».



¿Quién debe ser responsable el autor o la editorial?

«El asunto con las obras es que cuando sos autor y entregas la obra a la editorial, le depositas una responsabilidad al editor y al sello editorial, digamos que confías en que esta incipiente institucionalidad literaria funcione -o aspiras a que funcione, confías en que funcione- porque vos como escritor haces tú parte: escribir.

En países serios no debería de haber otra preocupación que escribir obras de calidad, pero no podemos pretender que los autores en Honduras tengan obras de calidad si no están 100 por ciento dedicados a la construcción de la obra, porque las preocupaciones son: llevar comida a la casa, pagar facturas, deudas y el autor piensa en cosas materiales que no tiene resueltas porque Honduras es un país con muchas adversidades y tiene profundos problemas.

Nosotros vivimos inmersos en estas crisis, “somos hijos de las crisis”. El Golpe de Estado, la reelección de Juan Orlando, los eternos fraudes electorales, todo es un devenir de crisis y los escritores vivimos en esas crisis, pero no vivimos de la literatura porque nuestros libros no se venden.

Nosotros no podemos aspirar a vivir en Honduras de nuestra literatura y a veces parece ingenuo cuando hemos dicho que queremos vivir no de la literatura sino aspirar a vivir dignamente de tu oficio. Pero acá es impensable que se pague por algo asi. A los escritores nos invitan a presentaciones de libros, lecturas, conversatorios, pero a nadie se le cruza por la mente que uno paga facturas.

El medio literario anda improvisando porque no tiene estructura, si tuviéramos estructura no se andaría improvisando porque ya se sabría lo que hay que hacer. Para comenzar en el país no hay Ministerio de Cultura y cuando lo hubo era de Cultura, Artes y Deportes, y era más deportes que cultura y artes y dentro del deporte también solo era fútbol más que cualquier otra cosa. Digamos que debió de haber sido el Ministerio del Fútbol, que habría sido más honesto con la realidad. Que no está mal, porque los futbolistas necesitan tanto apoyo como los escritores, el problema es que solo se lo den a ellos. El asunto pasa realmente por una estructura».

¿A qué le llamas tener una estructura?

«Si en Honduras existiera un Ministerio de Cultura o una dependencia de cultura con un presupuesto efectivo y que se ejecutara de manera efectiva, se podría tener acceso a becas creativas: dedicarse un año a escribir con un editor asignado y que ese editor bimensualmente te pida avances, porque no vas a ir a pelártela a la beca. Te vas a sentar a escribir un año, un libro con la calidad a la que se aspira y con un editor asignado, y ese editor te asigne una editorial que debería ser la del Estado, la editorial Universitaria (por ejemplo). Si hubiese becas deberían de venir por la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH) o por una institución medianamente funcional.

Pero el asunto está tan desbalanceado, en su mejor momento a artistas contemporáneos les daban hasta 3 mil dólares para poder montar sus obras y a los escritores nos daban 27 dólares para leer. Los artistas contemporáneos no son los culpables, ellos entendieron, se vendieron como marcas.

Los escritores no lo entendimos o muy pocos escritores lo entendieron. Al escritor hondureño esperas encontrarlo sucio, borracho, cayéndose en algún chupadero del Barrio Abajo, en Café Paradiso o en Pío Rico, y ese es el estereotipo de escritor que prevalece y cuando uno se presenta como escritor, pero no te ves así, dudan de la calidad literaria como si una cosa equivale a la otra, es decir: entre más sucio mejor escritor, entre más decadente mejor escritor, porque andas en la calle sucio, alcoholizado y drogado y entre menos te lean más se eleva el mito.

Los escritores no podemos vender. A los autores nos obligan a regalar nuestros libros. Invertís 8 o 10 años en escribir un libro que se va tardar dos años más en editarse, un año más en llegar a las librerías y aun así se terminan regalando. Entonces el costo beneficio de ser autor no funciona».


¿Qué pensabas para escribir, al principio?

«En esa época andaba influenciado por toda la onda neo punk, todo esto de pararse los pelos y pintarse con rímel los ojos».



¿Ya leías?

«Si, ya leía, en mi casa siempre hubo libros, pocos pero hubo. Mi papá leía mucho y mi mamá también. Fue interesante porque mi mamá estaba mucho más interesada en temas sociales y mi papá estuvo muy interesado siempre en literatura, pero también en matemáticas, entonces tenía siempre una variedad de textos, estudios y libros en casa que me fueron permeando en la adolescencia.

Me costó encontrar los libros porque estaba más interesado en jugar fútbol, hasta que mi papa me castigó porque me quedé en todas las materias así como: “bueno vamos a leer, vamos a hacer control de lectura porque como que el fútbol no le va a dar de comer”.

Y luego tampoco era buen músico. Se me hace imposible seguir ritmos. Entonces me encontré ahí, por primera vez con el verso, con la poesía o con el momento poético, como diría Payeras. Me encontré con eso que no sabía qué era. Yo tenía ganas de decir cosas. Recuerdo que escribí una letra que nunca montamos con la banda, porque hablaba de gusanos en una cama, de cosas raras en realidad y a los chicos del resto de la banda no les gustó eso, no les llamaba la atención que escribiera así, ellos querían otras cosas y estaban pensando que era demasiado para lo que nosotros estábamos haciendo. Éramos cipotes de colegio que estábamos aprendiendo a tocar un instrumento y después nos dio por empezar a tocar música. Pero no fue para nada pensado, se fue dando en el camino y nos fuimos conociendo entre las clases, comenzamos a ensayar robándole la guitarra al hermano de unos de los amigos.

Mientras ensayábamos, después del fútbol, porque jugábamos y después ensayábamos y las letras fueron surgiendo en el camino. aunque nunca había sentido que tuviéramos un cambio, algo que nos distinguiera de los demás, éramos tres, más la chica que cantaba que no era del colegio. Yo tocaba el bajo, pero malísimo».


¿Cómo te mantuviste tanto tiempo si tocabas mal?

«Porque todos tocábamos mal, porque estábamos aprendiendo. Hasta que ellos mejoraron, éramos malos al principio, éramos cipotes, lo que teníamos eran ganas de estar juntos. Pero ellos mejoraron, se hicieron músicos. Danny toca en una banda, tienen discos grabados y es famoso en el medio del metal, tienen una banda que se llama All for blood, que me parece maravilla de banda.

Todos son de El Progreso, de donde yo soy y eso limita muchas cosas porque vengo de un pueblo pequeño. En mi pueblo cualquier cosa por muy pequeña que hicieras es una novedad y nosotros éramos la novedad. Un día nos invitaron a abrirle un concierto a Mario de Mezapa, con eso te digo todo, así de novedosos fuimos».


Estamos hablando de El Progreso hace unos 20 años, Honduras es un país conservador, ¿cómo los miraban a ustedes?

«Nos miraban raro porque además éramos flaquitos y con el pelo largo».


¿Había violencia en toda esa etapa?

«No, nunca. La violencia en todo caso se miraba en los conciertos cuando tocábamos con otras bandas en festivales y generalmente andabas tomado o drogado y en algún momento la gente hacia el mosh y terminaba pegándole una patada a alguien para que se bajara del escenario».


¿En esa etapa escribías solo letras para el grupo?

«Escribía letras que luego mis compañeros me ayudaban a montar con la música».


¿En qué momento decís: esto no es lo mío?

«Cuando ellos avanzan y me dicen: fíjate que nosotros queremos hacer otras cosas que vos no podes y no sabían cómo decirme que ya no podía seguir en la banda porque era malo y fue doloroso porque nos llevábamos muy bien y hubo que aceptar que yo no era bueno».


¿Hubo una fractura en la amistad?

«No fíjate, solo tomamos caminos separados, pero nos recordamos con mucho cariño. No es que tengamos un chat de ex banda, pero nos encontramos. De hecho con uno de ellos, con el más metalero, hice una lectura de poesía con guitarras eléctricas en un bar en El Progreso, un bar para metaleros y la dueña me invitó porque quería una lectura de poesía, entonces invite a Mario y él iba acompañándome con la guitarra eléctrica, combinamos el metal con la poesía, fue un experimento que nos gustó, pero no lo repetimos».


¿Ya le llamabas poesía a lo que escribías o aún lo negabas?

«No sabía lo que hacía, a veces escribía cosas que parecían relatos y otras cosas que parecían poesía y luego pasó un buen tiempo, como seis años después de la banda, en donde no escribí nada. Estuve dedicado a otras cosas, básicamente a vivir, a tratar de sacar una universidad que no terminé de sacar.

Fue una experiencia muy linda porque me formó en muchos sentidos, así que todo se fue dando como muy simultáneo y luego tus propias necesidades verdad. Cuando siento la necesidad de seguir escribiendo también siento la necesidad de soltar todo aquello que me impedía seguir escribiendo. Yo quería escribir y tomar fotos, que es lo que hoy hago».


¿Cuánto tiempo te tomó llegar a este punto?

«Mucho tiempo. De estarme dedicando a la fotografía y a la literatura hay un nivel relativamente profesional. Unos cuatro o cinco años. Pero mi primer libro se publicó hace 10 años Se podría decir que la mitad de ese tiempo anduve encontrando una voz. Hace cinco años mi voz -poética- cambió porque encontré algo que no había encontrado. La experiencia justa para cambiar. Tuve una experiencia muy interesante cuando me mude de El Progreso a Tegucigalpa.

Fue un cambio muy interesante porque conocía a Mayra (Oyuela) y a Fabricio (Estrada) y a Óscar (Estrada) que eran los escritores más cercanos a mí. Con Óscar luego hubo una relación profesional porque trabajamos en El Pulso en donde escribía y de vez en cuando tomaba fotos, porque en El Pulso en ese entonces no tenía fotógrafo -siguen sin uno- y me tocó hacerme fotógrafo cuando comencé con allí, que es lo que hago ahora en Contra Corriente.

La visión de la literatura cambia cuando me mudo a Tegucigalpa. Recuerdo llegar a la casa de Mayra y de Fabricio y que me dijeran: “ahí está cualquier cosa que le interese leer agárrelo y léalo” porque vi libros que no he visto en ningún lado. Era imposible que los viera en El Progreso porque no había librerías.

La propuesta cultural en El Progreso es muy escasa, cualquier proyecto cultural que se impulse termina ahogándose por la misma realidad. Las bandas, por ejemplo, no pueden tocar música propia porque la gente no los escucha si la tocan, tienen que tocar covers, rara vez tocan un tema personal y antes deben aclararlo.

Entonces me mudé, porque el pueblo comenzó a sentirse pequeño culturalmente. En esa época tenía un trabajo que me permitió viajar por todo el país. Fue con el Consejo Regional de Cultura –cuando existían- estábamos haciendo una investigación sobre los actores culturales y artísticos del país; un mapeo con la intención de que, eventualmente, funcionara para que alguien aprobara un presupuesto y bueno, la misma paja de siempre: nunca llegó porque luego vino el Golpe de Estado y se robaron todo.

Para ese tiempo ya estaba viajando por el país y estaba conociendo gente y dándome cuenta que había más cosas fuera de El Progreso».


A los 28 años Martín se radica en Tegucigalpa, un año después su viaje sigue y llega a Guatemala.

«Porque seguía en esa búsqueda, sentía que necesitaba moverme, irme no sé si estaba huyendo de algo, no sé si estaba huyendo de El Progreso y quería mantenerme los más lejos del pueblo.».



¿Te mantuviste escribiendo?

«De hecho fue la literatura lo que me hizo moverme. Sentía ganas de escribir cosas específicas y sentía que no podía escribirlas en El Progreso y me vine acá (Tegus) y estando acá descubrí que no era acá donde tenía que estar. Estaba inconforme con lo que estaba escribiendo porque sentía que no tenía los elementos».


¿Y ahora?

«Ahora sí porque he ido y venido, porque siento que mi voz se afianzó con el último libro que ganó el Festival de los Confines ese libro -creo- termina de reafirmar personalmente lo que quería hacer en su momento.

Cuando comienzo a escribir El Año del Armadillo después de haber participado en el Festival de Poesía de Quetzaltenango (que es maravilloso, lo primero que me hacen es entrar a una ceremonia Maya) y a partir de ahí el mundo me cambió, porque recordé cosas de infancia durante la ceremonia».


¿Cuánto tardó tu proceso para encontrar tu actual voz poética?

«Creo que unos cuatro o cinco años. Desde mi primer libro»

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¿Es definitiva o falta otra búsqueda?

«No es definitivo. Nada es definitivo. Esto es lo que hago ahora, lo que he estado haciendo los últimos años, pero mi poesía no se parece nada a la narrativa, todo lo que estoy diciendo es sobre mi trabajo en poesía. Encontré la forma de decir las cosas que quería decir en poesía y lo encontré porque tuve experiencias específicas que me ayudaron a hacerlo. Conocí gente que me abrió sus bibliotecas, luego comiencé a salir a festivales porque me recomemdaban y en los festivales conocí más gente y cosas, y luego eso me cambió.

Lo que recuerdo de la primera ceremonia en ese primer festival al que fui, porque era mi primer festival internacional, mi primer festival en cualquier cosa, porque no había estado en un festival de literatura.

Hacía un frío de mierda en Xela, en donde la temperatura no sube de 25° y yo soy de la Costa Norte (de Honduras) entonces la experiencia era aterradora por el frío, pero aun así me quedé un año (en Guatemala).

En esa primera ceremonia lo que recordé de mi infancia era a mi abuela hablar con el santo. Mi abuela tenía un santo con el que hablaba y cuando uno escuchaba que hablaba con el santo realmente solo se escuchaba el susurro, nada más y se oía venir desde la habitación hasta donde uno estuviera y se sabía que la vieja estaba hablando con el santo y que nadie podía interrumpir, era un momento muy sagrado, la relación con el santo era algo que sucedía entre ella y él.

Recuerdo que crecí con mi abuela Eloísa, enseñándome a cuidar al santo, me enseño a cortar ciertas flores que le gustaban a San Simón y también le iba a comprar el guaro a la cantina del barrio, porque a San Simón no se le pide, se le ofrenda con guaro, el puro, el cigarro. Mi abuela se sentaba a fumar y a beber con el santo y le prendía su veladora y le cambiaba las flores. Nos enseñaba a cuidarlo.

Creo que de todos mis primos quizá fui el único que le prestó atención, porque luego termine escribiendo sobre eso. Y he estado escribiendo sobre esa relación con mi abuela y con mi infancia desde que hice mi primer viaje a Guatemala».


¿Lo notaste porque eras más sensible que el resto?

«Quizá. Porque un niño no sabe lo que quiere. Aún quería ser futbolista».


¿Cuándo fuiste consciente de que no ibas a ser futbolista?

«A punto de salir de colegio. Me di cuenta porque no me llamaron para hacer el entrenamiento de prueba para El Maratón».


¿En ese momento cómo te sentís?

«Mmmm… Digamos que lo entendí. Era consciente de que era malo, pero eso me salvaba de entrar a la pandilla. Yo no quería estar en la pandilla».


¿Al no entrar al equipo de fútbol cuál es la reacción de la pandilla?

«Ya estaba saliendo del colegio, ya estaba muy grande. El fútbol sí me salvó, porque luego entre a la universidad y ya era otra dinámica, ya estaba muy viejo para que me miraran como potencial miembro. Me había salvado».


“Ahora mismo no pienso en el fututo porque hay que salvar el presente”.

Martín no quiere hablar de sus proyectos a futuro, pero me relata un boceto de lo que está haciendo y hará: una novela en la que trabajó casi cinco años -la que ya está en manos del editor-, también está escribiendo narrativa, de esa que inevitablemente se logró en la pandemia, pero que no sabe qué es, pero sigue dándole la forma que su voz poética le dicta, tal vez buscando en su interior esa clasificación necesaria para nombrar algo.

Martín es un escritor por antonomasia, porque también escribe para Contra Corriente, un periódico independiente digital. También es el fotógrafo. Se presenta como escritor y fotógrafo (no con el híbrido fotoperiodista), Martín sería un fotoescritor (si se me perdona la arrogancia del neologismo o el intento) y lo aclara porque para el periódico no escribe ficción, sino esta triste y cercana realidad de Honduras.

«Cuando digo que soy escritor y fotógrafo me siento más cómodo porque escribo más que poesía o no solo es poesía lo que escribo, decir que soy poeta es limitarme solo a la poesía».



¿Vos separas tu tiempo de escribir para el periódico y tu tiempo como escritor?

«Son cosas distintas porque escribo para el periódico los textos de las fotos galerías que se publican. Esos textos surgen a partir de las entrevistas de los que retrato.

Mi trabajo como fotógrafo me ha permitido tener una visión distinta a lo que tenía solo como escritor. La fotografía me ha permitido expandir la paleta de colores de las historias que quiero contar.

Ahora sé que hay historias que se pueden contar con la imagen y no pueden contarse de otra forma. Ahora sé que hay historias que deben contarse con texto e imagen y que la historia misma te permite eso, pero hay historias en donde la ficción es necesaria, necesitas la ficción porque de otra manera no pueden contarse.

En todo caso soy un contador de historias. Somos contadores de historias; vas en el taxi, en el bus y alguien si no te asalta te cuenta una historia. Todo el tiempo contamos historias, vivimos de historia en historia, somos hiperbólicos, usamos la metáfora de manera dimensionada.

Somos contadores de historias a partir de imágenes, esto es lo maravi nolloso del hondureño y del latinoamericano, que contamos desde las imágenes.

Hay que entender que los elementos para las historias son distintos de historia en historia. A veces el elemento narrativo es la imagen y otras veces es la ficción y el único acuerdo al que hay que llegar con el lector, en todo caso, es aclararle que por esa vez la historia es ficción y otras veces la historia es real, ya sea con foto o texto o con ambos, lo que hay que aclarar es cuando se es un escritor de ficción y de no ficción. Porque hay historias que lo permiten y para eso las plataformas y el formato.

El soporte también importa al contar historias en ese sentido, los proyectos van y vienen, ahora estoy mucho más concentrado en la fotografía, no solo porque me da de comer sino porque tengo una responsabilidad con el medio para el que trabajo.

Estoy muy metido en la dinámica del fotoperiodismo, contando historias desde ahí. La manera en la que trabajamos en Contra Corriente me permite tener espacios de lectura y de escritura, sería injusto decir que el fotoperiodismo no me deja escribir, me deja más que otros trabajos, pero tampoco me deja mucho tiempo, entonces lo que tengo que hacer es balancear entre: el trabajo, la familia y el oficio, porque el oficio es una relación de soledad».

¿Cómo es la historia con Casasola Editores?

«Todavía vivía en El Progreso, había escrito mi primer libro. Con ese primer libro me aventure a regalarlo. Luego llego a Tegus y también regalé el libro. En una de esas le regale mi libro a Óscar (Estrada) tiempo después Óscar fundó Casasola Editores y un día me escribió para proponerme -como lo hizo con otras personas y que no aceptaron- él dice que fui la primera persona que acepte ser publicado por Casasola Editores.

Mi primer libro tiene dos sellos, el de Casasola y Eñe editores -el sello que me inventé para publicar mi primer libro- pero realmente no había ninguna experiencia editorial. Mi primer libro está lleno de errores ortográficos y gramaticales, pero en aquel entonces no sabía lo que tenía y me funcionó para conocer gente.

Mi primer libro (Partiendo a la locura) no es un buen libro, Óscar lo publicó y lo mantiene dentro del catálogo de Casasola Editores por una extraña razón. Ese libro originalmente se publicó en 2011 y Óscar lo publica como segunda edición para Casasola Editores en 2012.

A ese libro se le depuraron errores ortográficos, pero no la estructura ni el estilo. Ese libro está bien así como está: malo. Porque me permitió conocer gente que todavía hoy es mi amiga y gente que dejó de ser amigos porque publiqué un mal libro y eso me encanta.

Recuerdo haberle regalado el libro a alguien y me dijo: “muy bien flaco ahora lo más difícil es escribir un segundo libro” lo metió a un cajón y lo guardo, delante de mí lo agarró y lo guardó, ni siquiera vio la dedicatoria, nada, no sé si lo leyó, pero a estas alturas de mi vida no me importa mucho si lo leyó o no. La experiencia con mi primer libro fue bonita porque no esperaba esa reacción de gente que me conocía y de repente tomo distancia porque publiqué mi primer libro y no les gustó, era malo técnicamente, era una autoedición de alguien que no conocía mucho el mercado del libro, no tuvo editor, nadie que lo leyera, le puse punto final en el Word y se lo mandé a alguien para que me lo diagramara.

Ese libro se lo regale a gente que me abrió espacios. Recuerdo una vez estaba fumando un cigarro con Mayra (Oyuela) y de repente escucho a Fabricio (Estrada) leyendo en voz alta mi libro, ese primer libro».


¿Qué sentiste?

«Una cosa maravillosa, porque tener a Fabricio Estrada leyendo en voz alta mi primer libro es una experiencia de mucha ternura. Fabricio y Mayra me rodearon de mucha ternura, me cuidaron, me limaron, me cortaron las uñas, me acicalaron y me pusieron a leer y después de eso cambió mi forma de ver la vida, mi forma de ver el proceso creativo.

Mayra me enseñó mucho sin enseñarme. No necesitas decirle a alguien cómo escribir sino que tenes que darle la oportunidad del tiempo para que esa persona entienda cuál es su propia voz que está adentro y Mayra lo que hacía era ponerme a leer y cuando hablábamos del proceso creativo ella me decía que había que decir cosas en las que uno cree y siente, porque si no se cree y no se siente es imposible escribir algo que medianamente valiera la pena y eventualmente el tiempo nos ha dado la razón.

Mayra tiene libros maravillosos que tienen que ver con esa forma de ver la vida. Fabricio ha escrito cosas maravillosas después de conocernos, precisamente porque no abandonaron la idea de que las cosas importantes hay que decirlas bien.

Al principio no estaba tan convencido de publicar con Casasola Editores mi primer libro, porque ya había una mala experiencia. Le decía a Óscar, es un mal libro y él me contestaba que sí era un mal libro, pero tiene destellos de cosas que se pudieron haber dicho mejor, pero algo vio Óscar que lo publicó.

Mis experiencias positivas con mi primer libro no son literarias. Ese libro es de cuentos que juntos parece una novela corta porque es unitario, pero se pueden leer de manera individual, estaba dividido en trípticos y se me ocurrió un personaje basado en el personaje de Eliseo Subiela de El Lado Oscuro del Corazón y mi personaje que se llama Leónidas (Oliverio) es una especie de juego de personajes con el de Eliseo Subiela y de hecho en algún momento Leónidas se convierte en Oliverio en algún relato y Leónidas Oliverio va por la cuidad que no es una ciudad sino un pueblo».


La narrativa me permite desarrollar ideas que con la poesía no puedo, porque la poesía es un viaje más íntimo.

Y así la música de Jazz de fondo, en una de las pocas librerías que aún se mantienen en pie, se va en un fade mientras Martín me confiesa que le gustan las trilogías en sus obras y así las ha estado trabajando. Su primera parte es El Año del armadillo, luego La danza de los papagayos y la tercera parte, que aún está en proceso, es lo que Martín definiría como el final de esta voz poética, para permitirse esa libertad para buscar otras formas de escribir poesía. Pero será hasta que termine esta etapa y avanzar más en esa búsqueda interna que leeremos un nuevo libro de Martín Cálix.


Tegucigalpa, marzo de 2021


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