• Albany Flores Garca

Es mentira la muerte en "Los cisnes negros" de Rolando Kattan

«Los hondureños fuimos peces», afirma un verso de Rolando Kattan en Los Cisnes Negros (XX Premio Casa de América de Poesía Americana, Visor 2020), quizá para recordarnos que el istmo que habitamos estuvo, hace unos sesenta millones de años, inmerso en la profundidad de los mares.

Un jurado compuesto por notables literatos y académicos reconoció —según relata el prólogo de Joan Margarit— el trabajo de un poeta cuya palabra puede ser apasionada y, a veces, cruel, pero a quien, de forma silenciosa y modesta, la poesía no lo ha abandonado nunca.

Pero el premio, que honra el trabajo de un autor empeñado en búsquedas, viajes, diálogos universales y el reconocimiento de su propia conciencia de hombre del desierto llegado al subtrópico en prolongadas trashumancias, honra también a una la literatura hondureña que apenas puede reconocerse a sí misma más allá de sus pequeñas fronteras.

En Los Cisnes Negros, Kattan vuelve a una temática constante en casi toda su obra: la disyuntiva identitaria de un migrante palestino en Honduras. Así se lee en los versos de A dos sangres, donde el poeta escribe: Vengo de una ascendencia de quietud/y marineros todavía en movimiento: mezclo el salitre del mar con el canto de un mirlo.

También está presente la muerte, pero no como un aliento fulminante que te empuja al abismo de tus fosas nasales, sino como un jardín con lirios de los valles, porque es mentira que todo nos transporta a la muerte. Es mentira la muerte.

Ninguna cosa se parece a la muerte en la poesía de Kattan, tal vez porque sobre esa idea de la muerte hay un hombre que construye una casa, una íntima morada para quien tiene la certeza de un corazón migrante es también un astrolabio que separa los rojos del ADN y la rabia.

La muerte, así, es una forma de migrar, y migrar es una forma de morir

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