Memorias de la peste: el futuro de Honduras

Lo descubrí con Louis Pawells y Jaques Bergier a los dieciséis años. Estábamos los tres en una mesa de la Biblioteca Nacional de Honduras, mientras, en la mesa contigua, encorvado y con la mano derecha sobre la frente, leía, como siempre, don Leandro Valladares, uno de los eruditos hondureños que más admiro. El mundo que venía, decían Pawells y Bergier, sería parecido al de los libros de ficción.


En realidad jamás lo comprendí, hasta ahora, cuando por primera vez en la Historia, un solo hecho ha paralizado al globo entero. Algo como eso no había ocurrido jamás, y es, de hecho, un hecho inédito en la historia de la humanidad.


Pero ellos me enseñaron en “El retorno de los brujos”, que ninguna civilización comprendió la vanguardia de su ciencia, “que la ciencia sin consciencia es detrimento del alma”, que el siglo XX había sido —como suele suceder en los procesos históricos— una especie de ensayo general de lo que vendría en el siguiente siglo, y que, en ese nuevo siglo (el XXI), comenzaríamos a vivir un nuevo mundo en el que todo lo predicho por la ciencia y la literatura, sería posible. Quizá hemos llegado a ese tiempo.


Un tiempo en el que los grandes avances científicos y tecnológicos permitirían nuevas formas de vida como las descritas desde el siglo XIX en las novelas de H. G Wells, Jonh Bowen, Isacc Asimov, Aldous Huxley o Goerge Orwell. Un mundo en el que la humanidad rompería las barreras idiomáticas, geográficas, culturales y quizá hasta económicas. Un mundo que lograría por fin aquello que fue el sueño de Alejandro Magno y contra lo que grandes pensadores de la modernidad, como Pier Paolo Passolini, lucharon desde el pensamiento: la homogeneidad cultural y la estandarización social.


Después de la peste, e incluso ahora, mientras la humanidad permanece bajo llave, presa ante la amenaza del nuevo coronavirus, ese mundo de “ficción” será una realidad. Porque el coronavirus cambiará al mundo, ya lo ha hecho. Por lo menos eso nos demuestran los hechos, y eso creen algunos de los genios del presente como Alessandro Baricco, quien ha proyectado en sus libros (Seda, The Game, The Next: sobre la globalización y el mundo que viene, etc.) un futuro digital muy parecido a las modernas redes sociales virtuales y a los videojuegos, y quien, hace poco más de una semana, en plena crisis por coronavirus en Italia, su país, ha concedido una estupenda entrevista al escritor catalán Jorge Carrión, sobre el mundo que vendrá después de la epidemia.


La primera reflexión de la entrevista la da el propio Carrión. Nos recuerda que la pandemia por coronavirus le ha devuelto a la expresión “viral” su sentido ontológico (virus=enfermedad contagiosa), después de estar ligada por más de dos décadas al internet.


A continuación, Baricco revalida (quizá sin proponérselo) la visión de Pawells y Bergier, al afirmar que las respuestas a los problemas del presente se encuentran en el siglo XX, porque nada de todo esto habría sucedido sin el impacto de la revolución digital. Afirma que esto sólo es el comienzo de una nueva Era; la Era del movimiento, que el secuestro del mundo por el coronavirus, es solamente un gran ensayo general del mundo que tendremos de ahora en adelante, y que ese ensayo general durará por lo menos medio siglo; no la enfermedad, sino el proceso de transición a una nueva forma de civilidad.


Con su visión coincide el pensador hebreo más famoso e influyente de la actualidad, Noah Yuval Hahari, quien en un revelador artículo para “Financial Times” publicado hace unos días, explica que de hecho, ese nuevo mundo ya está aquí, entre nosotros, y que, una de sus muchas características es la vigilancia total del individuo y la sociedad, tal como si se tratara del Gran Hermano descrito en los libros de Orwell.


Harari explica cómo China ha logrado detener la epidemia en su territorio en pocos meses: con un gran equipo médico, tecnológico y robótico, pero también con una nueva herramienta, a la vez que útil, aterradora, si se piensa en la vulneración de la intimidad de las personas: cámaras de vigilancia con censores que pueden determinar la temperatura corporal, e incluso, las emociones. A través de esas cámaras, el gobierno chino ha montado el proyecto de vigilancia más grande y poderoso de la historia, y con ello ha podido identificar a aquellos ciudadanos que presentaban síntomas de la enfermedad.


Si hasta hace unos años nos hubieran contado algo como eso, nos habríamos reído o nos habríamos sentido en “Demolition Man”, aquella película de la década de 1990 con Sylvester Stalone y Sandra Bullock, donde cada situación o cosa de la sociedad y el individuo están totalmente controladas (gracias a una vigilancia permanente) por un gobierno oscuro, casi tan nebuloso como los míticos jueces de “El proceso” de Kafka.


Esa vigilancia total, a través de cámaras ultrasensoriales, es una gran noticia para resolver los problemas del presente, pero puede convertirse —escribe Harari—, en una herramienta peligrosa para el futuro inmediato, pues tiene la capacidad de crear Estados y gobiernos todopoderosos sin precedentes.


A esa idea de Harari también se han sumado otros pensadores de la actualidad como el filósofo surcoreano Byung-Chul Han, quien, a partir de la observación del método de vigilancia chino, ha dicho que una de las grandes paradojas de la peste es que, pese a lo que podríamos creer, los gobiernos autoritarios han controlado la epidemia mejor que los Estados democráticos. Eso, en sí mismo, debería decirnos mucho.


Más allá de las preocupaciones por la enfermedad en sí, el pensamiento moderno está reflexionando sobre el mundo que nos quedará una vez que el virus haya “desaparecido”.


Cientos de preguntas saltan al ruedo: ¿Cambiarán las formas de contacto humano?, ¿se modificarán radicalmente las convenciones sociales?, ¿se restringirán los viajes por temor a nuevas epidemias?, ¿es el coronavirus el anuncio de nuevas enfermedades globales?, ¿cambiará nuestra forma de trabajar, estudiar o convivir?, ¿estamos llegando a ese mundo huxleriano donde el contacto sexual y la reproducción vivípara han desaparecido, y donde la vida humana se crea en laboratorios según las necesidades de la sociedad?, ¿representa esta epidemia un verdadero punto que quiebre para la historia humana?, ¿creará el virus esa nueva “Era del movimiento” la que habla Baricco?, es difícil saberlo con exactitud, pero pronto lo descubriremos.


Mientras tanto, una cosa una cosa es segura: en el futuro inmediato, sólo las naciones que estén listas para enfrentar amenazas como ésta, estarán listos para subsistir.


Ahora, al pensarlo así, me doy cuenta de que las predicciones de Harari sobre la posible desaparición de países como Honduras para 2050 no están lejos de la realidad: Honduras no está lista para enfrentar ese cambio gigantesco de la Era análoga a la Era digital, por tanto, tampoco estará lista para participar de las formas de vida, producción, sanidad y comercio que en adelante regirán al mundo. Esa incapacidad de adaptación al cambio, puede significar el sepulcro no sólo para Honduras, sino para el tercer mundo en general.


En este preciso momento, China es el único país que parece estar listo para vivir en ese nuevo mundo que ella misma ha ayudado a construir. Después de haber luchado contra la epidemia por casi cuatro meses, después de miles de infectados y muertos, el país que por primera vez ha empleado robots como personal sanitario y cámaras de vigilancia ultrasensitivas y sensoriales para detectar y “erradicar” un virus nacido en su propia tierra —exportado al mundo a través del avión—, ha anunciado que la epidemia ha sido controlada, y que está listo para volver a la normalidad.


Mientras China se ha deshecho de su “propio” virus, el resto del mundo ha detenido (literalmente) su vida, y sus industrias trabajan a medio vapor. Mientras el mundo occidental avanza casi a ciegas sin saber muy bien cuándo acabará todo esto y sus industrias se arruinan, la industria China es la única que sigue produciendo con “normalidad”. Es decir que, gracias al coronavirus (si cabe la expresión) China está lista para continuar y reafirmarse como la primera potencia industrial y quizá, si la enfermedad se prolonga en Occidente —como se está previendo—, como la primera potencia económica del mundo.


Pese a que algunos puedan verlo como xenofobia, no puedo evitar recordar los vaticinios de Giovanni Papini —quien a su vez rememoraba al káiser Wilhem II de Germania— sobre el gigante asiático en su célebre relato “Una vista a Lin-Yutuan o Del peligro amarillo”, donde el sabio italiano escribió:


«El pueblo chino es el pueblo más peligroso que hay en el mundo, y por eso está destinado a dominar la tierra […] Los chinos se han servido de la república de Sun-Yat-Sen para librarse de los parásitos del antiguo imperio manchó; utilizaron al bolcheviquismo para liberarse de los parásitos de la república burguesa; un día u otro, bajo una bandera de conveniencia, se liberarán de los parásitos del comunismo. Son un pueblo sin escrúpulos, que se sirve de las ideas pero se niega a ser esclavo de las mismas; con el tiempo les pertenecerá la tierra».


No debe verse, sin embargo, como una conspiración hollywoodense o una de esas haladas teorías de conspiración, ni siquiera como una afirmación profética, pero habrá que reconocer que entre la dureza de esa declaración, Papini ha revelado mucha de la realidad actual de China, sobre todo por su enorme competencia con los Estados Unidos y Rusia por la hegemonía (una palabra que me parece horrenda) del mercado y el poder político. Tampoco estoy diciendo que el coronavirus es una venganza de China contra Occidente, no es ese mi propósito.


Pero escribo estas memorias del futuro desde un país periférico con un reto gigantesco, desde un país con una ¿última? oportunidad para reaccionar y construir sólidos sistemas de educación, sanidad y economía que le permitan abrirse paso en un futuro en el que sólo sobrevivirán los que estén listos, los que estén a la altura de la nuevas exigencias del mundo y del cambio. Todo lo demás será obsoleto, prescindible, desechable. Nos damos cuenta de eso en un momento álgido, y estamos contra el tiempo.


Por ahora, Honduras tendrá que sobrevivir a la pandemia, no porque sus índices de mortalidad sean tan altos (excepto en los ancianos) como nos ha hecho creer la prensa, la televisión y el internet —esa versión ha sido desmentida por los expertos, incluida la infectóloga hondureña Roxana Araujo—, sino por el inminente derrumbe (porque puede derrumbarse más) de la economía, el empobrecimiento extremo y la propagación del hambre.


Recordando los peores días de la peste en China, el escritor y profesor chino (censurado en su país), Yan Lianke, envía, en su primera clase virtual con sus estudiantes de la Universidad de Ciencia y Tecnología de Hong Kong, este mensaje reproducido por El País de España: “Si no podemos alzar la voz, susurremos; si no podemos susurrar, guardemos silencio y conservemos la memoria y los recuerdos”. Porque guardar la memoria de los hechos, recordar aquello que hemos hecho mal y corregirlo, nos permitirá aprender y continuar.


Sin importar qué suceda, para sobrevivir a la pandemia y al mundo que nos viene, debemos recordar que a lo largo de los siglos, dos factores nos han hecho prevalecer como especie: nuestra capacidad de adaptación al entorno y circunstancias, y nuestra voluntad y capacidad de cooperar unos con otros.









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