• Albany Flores Garca

Mujeres de arena

En 1979, André Delvaux presentó Mujer entre perro y lobo, un largometraje realizado a partir del guion escrito junto con Ivo Michiels en el que una joven se casa con un soldado nazi, pero termina enamorada de un refugiado francés al que da asilo.


Un título tan sugerente recuerda el mítico poema de Olga Orozco (Entre perro y lobo), en el que la poeta argentina se confiesa entre dos bestias horriblemente hermosas: la sumisión y el deseo.


Ambos títulos, sumados a Mujeres que corren con los lobos, de Clarissa Pinkola Estés —injustamente ninguneado—, y el homónimo Mujer entre perro y lobo de la hondureña Lety Elvir, evocan la temática abordada por la serie que el maestro de la plástica hondureña, Gustavo Armijo, nos presenta en Mujeres de Arena; una formidable colección sobre el canibalismo erótico alrededor del cuerpo femenino, el deseo posesivo y la violencia sexual contra la mujer.


Presentada originalmente en México el 2018 y re-presentada a comienzos de este año por el Centro de Arte y Cultura de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras, la serie presenta una colección de dibujos de corte casi expresionista sobre bestias opíparas que acechan —jadeantes e iracundas de placer mundano— cuerpos desnudos que simulan, acaso, el fin supremo de la voluntad humana.


Contrario a otras épocas y perspectivas que presentaron al erotismo femenino como el principio del pecado, como la causa de la perdición e irredención del hombre (héroe impoluto y víctima de la perversidad femenina), Armijo presenta una antítesis moderna: la mujer es víctima de predadores y carroñeros fálicos.


En su tramado de colores fríos y pesados habitan cuerpos mancillados, devorados, predispuestos y acechados por figuras de rapiña y fieras insaciables. Pero son, en realidad, códigos profundos para recrear las múltiples violencias contra la mujer por su sexo (genérico y erótico) en el mundo actual: Mujer/cuerpo, deseo, mercancía, placer, entretención, explotación, silencio.


No se trata, por supuesto, de un maniqueísmo actual para ponerse a tono con las modas discursivas sobre feminismo, cuerpo como territorio o alguna postura discursiva preconcebida o conceptos de etiqueta; se trata de una representación estética, estilística y técnica perfectamente ejecutadas, gracias al oficio (ya excelso) de un artista consumado.



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