• Dennis Arita

Nada más que imaginación: "Distopía", de Javier Suazo

Alguien me dijo hace años, mientras hojeaba Universo de locos, de Fredric Brown, que en Honduras es imposible escribir ciencia ficción. “¿Ves naves espaciales o marcianos por acá?”, dijo y señaló las calles polvorientas y las aburridas casas del barrio. Lo único que se me ocurrió fue poner cara de falsa indiferencia y de auténtica ignorancia. Supongo que le di la razón.

En aquel momento, yo no era un lector voraz de ciencia ficción. Debo confesar que tampoco lo soy ahora, pero al menos en los años que median entre el día en que tuve aquella plática y hoy puedo decir que he combatido mi ignorancia leyendo algunos libros de anticipación científica o ciencia ficción. Incluso se me ocurrió esta definición del término: “Relatos en los que una tecnología real o hipotética tiene un papel destacado”. No sé si es del todo correcta, pero me gusta.

Creo que ahora tengo la experiencia necesaria para, al menos, decir que en algunos cuentos o novelas de ciencia ficción aparecen, casi siempre como villanos, los seres extraterrestres que mi amigo agrupó en la categoría de “marcianos”. También me considero capaz de afirmar que la escasez de marcianos en las calles de San Pedro Sula o Tela no es un buen argumento contra la existencia de relatos hondureños de ciencia ficción.

Pero, en fin, ¿es posible escribir ciencia ficción en Honduras? Puedo decir que sí es posible porque acabo de leer Distopía: cuentos de ciencia ficción del tercer mundo (Casasola 2020), del escritor hondureño Javier Suazo. Un título como ese es una especie de petición de principio. Es decir, doy por hecho que, si alguien titula así un libro, es porque tiene la intención de llenarlo de cuentos de anticipación científica. Pero ¿Suazo logra ese cometido?

Creo que sí lo logra porque, si no me equivoco, en todos los cuentos de Distopía aparece una tecnología que tiene una importancia capital para el desarrollo de la trama. Tomemos como ejemplo el aparato OneMe, especie de pulsera que proyecta hologramas y permite al usuario acceder a realidades virtuales.

La OneMe inventada por Suazo aparece en casi todos los relatos de esta colección y también sirve como un eslabón que engarza los textos y como indicador de un sutil salto cronológico. La defectuosa OneMe21 del segundo cuento pasa por distintas versiones a lo largo del libro hasta culminar en la OneMe9000 que la protagonista de ‘Polizón a bordo’, última pieza del volumen, utiliza para resolver un misterio y atrapar a dos criminales.

Otra tecnología que Suazo utiliza para situarnos en el tiempo sin necesidad de darnos con las fechas en la cabeza es el robot L1-LTH (apodado Lilith para dar una idea de su linaje diabólico), que en sus sucesivas reencarnaciones se llama L23-LTH o L600-LTH y puede ofrecer tanto servicios sexuales como convertirse en un eficaz asesino.

Una forma menos sutil pero igual de efectiva de situarnos en el tiempo (y el espacio) es la división de los 17 cuentos del libro en cuatro secciones: ‘Pre-apocalipsis’ (sic), ‘Historias mínimas de la pandemia’, ‘Apocalipsis’ y ‘Pos-apocalipsis’ (sic).

Casi todos los relatos de ‘Pre-apocalipsis’ ocurren en Honduras, donde Suazo sitúa asombrosamente el nacimiento del primer robot casi humano y el de una pandemia que liquida a millones de personas.

La pieza que cierra esta sección, ‘Outbreak’, narra en clave de aventura la liberación de un poderoso virus en La Mosquitia hondureña. ‘Outbreak’ es mitad denuncia social y mitad cuento de horror corporal al estilo de Lovecraft. De hecho, Suazo llama K’tulué al “dios secreto” de su cuento, en homenaje al monstruoso Cthulhu del maestro de Nueva Inglaterra.

‘Outbreak’ continúa la ácida crítica política que Suazo desarrolla en otros relatos de Distopía, como ‘El paraíso no es para todos’ y ‘Polizón a bordo’. En el primero, un joven se convierte en bomba humana para librar a su pueblo de un tirano, pero lo hace a costa de algunas de las vidas inocentes que esperaba salvar. En el segundo, dos funcionarios introducen métodos corruptos en una gigantesca colonia espacial.

La historia del virus liberado en ‘Outbreak’ por la codicia de los depredadores humanos continúa en la serie de viñetas agrupadas en la segunda sección, ‘Historias mínimas de la pandemia’. En el último relato de esta sección, ‘Náufragos’, Suazo narra con inesperado humor la tercera guerra mundial vista desde el espacio. Este cuento sirve para introducir el mundo apocalíptico de la tercera sección del libro, poblada de seres que deambulan en medio de las cenizas del mundo, a merced de mercaderes de la religión que al final son puro teatro sobre el viento armado: “Del ángel nada más quedó que una masa cenicienta y un par de alas chamuscadas” (‘El signo’).

En la última sección, ‘Pos-apocalipsis’, Suazo parece reconocer, con amargura, que el destino humano estará siempre en manos de una élite corrupta: los predicadores del cuento ‘El signo’ devuelven el mundo a las manos sucias de los políticos de ‘Por el bien de todos’. Ni siquiera el bien planeado escape a otros mundos descrito en ‘Polizón a bordo’ puede librarse del fantasma de los funcionarios corruptos.

El comentario político, escamoteado en Distopía como el polizón de la última pieza del libro, no alcanza a opacar la brillantez imaginativa de este volumen de cuentos de Javier Suazo. No solo es un texto pródigo en situaciones interesantes, variadas voces narrativas y argumentos asombrosos. Es también un libro cuidadosamente construido, en el que cada relato es eco, continuación y ampliación de los temas desarrollados en otros cuentos. Distopía es una obra conceptual. Su equivalente musical puede hallarse en los experimentos de King Crimson o Pink Floyd.

¿Es posible escribir ciencia ficción en Honduras? Sí. Y no solo eso, sino además escribirla bien. No se necesita nada más que imaginación. Una imaginación generosa como la de Distopía.


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