• Albany Flores Garca

"Ropa americana", el poemario de Dennis Ávila

Los que parten saben morir mil veces, saben morir a todo. Tengo tatuado en la memoria la mañana de 1997 en que vi entrar a mi padre en la modesta casa de la abuela. Regresaba de una estancia en Panamá, en Belice, y no recuerdo bien de dónde más. Volvía por un tiempo —dijo—, y partiría pronto, esta vez, hacia Estados Unidos.

Solo sé que fue un agosto, pero sé que, al partir él, una parte de mi infancia también se fue para siempre. Yo había escuchado sus historias de inhumano trabajo en las haciendas familiares de Comayagua y Olancho, su infancia esclavizada por un padre tirano, su breve vida de mar, sus aventuras de contrabandista en las costas del Atlántico, sus deseos de triunfo.

Ahora hacía una pequeña maleta. Me observaba con el dolor que produce la distancia irremediable, el amor contenido de un pequeño pálpito que se prolongará no se sabe hasta cuándo, la irónica certeza de tener que partir para suplir las faltas, las carencias de un hijo.

Esos recuerdos, maculados por un adiós implacable, hicieron mella en las calles vacías, en la mesa de comedor solitaria, en el viejo poste de luz al que una vez corrimos, desesperados, para contar hasta diez, hasta veinte, hasta treinta, para gritar, con desmedida alegría, una tonada incierta: ¡Tierra libre para todos mis amigos!

Una imagen así solo la crea un poema, un libro de poemas sobre infancias perdidas, sobre vidas abandonadas, porque —escribe Dennis Ávila— «aunque finjamos ser felices/respira entre nosotros lo perdido».



Su Ropa Americana (Amargord, 2017) no es solo la comprobación de que vestimos prendas de segunda mano, sino un desnudo memorial de los que juran salir de su país las veces necesarias, porque saben que sus cuerpos son pasaportes sellados con cicatrices; de los que venden sus zapatos viejos porque necesitan andar otros caminos, de los que llevan sus familias en retratos y dejan la promesa de volver.

Allá, en la frontera de la vida, nadie parece recordar que parte del interior del mundo, de una tierra sin geografía, ¿y quién de todos ellos sabe lenguas extrañas, frases con acento norteño, canciones de Los Tigres del Norte o de Hans Williams?, ¿quién de todas ellas lleva el miedo entre las piernas, agua de muertos en el Río Bravo?, ¿de dónde se es cuando se está en la frontera entre la vida y la muerte?, ¿a quién le pertenecen los cadáveres que quedan?

Son amargos los llantos que rozan las mejillas en los soles desérticos. Corazones se aferran a tímidos colores de una bandera sola, abandonada en un pequeño istmo que pudo ser el corazón del mundo.

No hay equipaje diminuto para los que parten, apenas la esperanza de encontrarle abrigo a una memoria rota hecha de golpes, de indecible tristeza.

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