• Fernando Destephen

“Siempre soy yo”, entrevista a la escritora Maria Eugenia Ramos, Honduras


Por Fernando Destephen,

8 de marzo de 2021


Algunas personas trascienden en la literatura a pesar de no asistir a todos los cocteles culturales, muestras de arte, pijines con vino de supermercado ni hablar barroco o escribir detallando todo lo que han leído o lo que son. Algunas personas, como María Eugenia Ramos, solo ocupan abrir los ojos y sonreír para crear literatura. A pesar de vivir una vida alejada de este mundo indescifrable y virtual, está presente en esa literatura de la que mucho tiempo no asumió como propia, ella lo confirma en su paso por la Editorial Universitaria.

Un espíritu libre que confirma que el talento es aparte de la educación formal y cautiva. Sí llegó a la universidad, a esas aulas cuadradas, a veces con docentes cuadrados y estudiantes también cuadrados, no se sentía a gusto enjaulada, dice y a pesar de haber estudiado dos carreras (periodismo y letras) opto por no tener ningún título.

La literatura ha estado siempre presente en mi vida —María Eugenia Ramos, Honduras.

La luz de la tarde se cuela por las ranuras de la puerta, hace casi 30 minutos le envíe la invitación a la entrevista vía Zoom agendada a las 3 de la tarde. Ahora nos toca hacer periodismo cultural de esta manera, vía zoom. María Eugenia se conecta y comenzamos a saludarnos. Comienza hablando y me cuenta: “desde los cinco años empecé a escribir un diario, era muy divertido porque a los cinco años ¿qué se puede escribir en un diario? Cositas de la vida cotidiana —sonríe— a los seis años le hice un soneto a mi papá, es uno de los pocos poemas que he escrito con rima”.

La historia no perdona y María Eugenia Ramos también se distanció de la literatura, por problemas típicos de Latinoamérica y peores en Centroamérica, ese ciclo de separación se ha repetido tantas veces que pareciera un axioma necesario en el proceso de descubrimiento literario personal:

“Después me distancié un poco de la literatura por circunstancia de la vida, me dediqué a otras cosas y llegó un momento en el que pensé que la literatura era algo secundario. No tenía ese sueño de ser escritora, no era lo primero que tenía, pensaba en ser bióloga, arquitecta o veterinaria, no me planteaba ser escritora, sin embargo lo hacía, escribía. Fue una sorpresa cuando me dijeron que tenía material “publicable” en un libro. Esporádicamente había publicado, pero fue cuando el poeta Rigoberto Paredes, siendo mi maestro en la universidad, leyó unos poemas sueltos que tenía y me dijo que eran publicables: “esto es publicable acabo de formar una editorial y me interesa publicárselos, trabájelos, haga un libro”, fue para mí una cosa maravillosa, me abrió otro mundo porque no me lo había planteado”.

Los oscuros años ochentas en Honduras que dejaron desaparecidos, violadores de Derechos Humanos y abusos contra estudiantes que cargaban un libro, porque en esos años en Honduras lo subversivo eran los libros. De esos años María Eugenia recuerda:

“La verdad es que fueron circunstancia difíciles para el país, muchos de mi generación vivimos la década de los ochenta y nos golpeó fuerte, a muchos de maneras distintas, algunos tuvimos que salir del país. Todas esas circunstancias nos hacían dejar la literatura como algo relegado, teníamos otras cosas en la cabeza que creíamos eran prioritarias. Cuando regreso a Honduras, lo más importante era conseguir un empleo, tener un ingreso. Ojalá, a estas alturas pudiera decir que me he dedicado a la literatura, pero no es cierto, me he dedicado a otras cosas, a la lucha por la sobrevivencia, lo cotidiano. La literatura está ahí como en chispazos”.

La literatura nunca es la prioridad en ningún escenario, a veces es importante calmar el hambre o la ansiedad antes de detenerse a respirar y pensar en cómo iniciar un texto, para esa generación la literatura paso a lugares no prioritarios. Lo más interesante de la literatura o de ese sentimiento que impulsa a escribir, es que ella no deja a nadie. Soporta el frío de la indiferencia, entiende el tiempo de trabajos y espera ahí, paciente mientras llega ese tiempo de desempolvar experiencias para hacer las narrativas.


¿Por qué no tiene título universitario a pesar de haber estudiado tres carreras?

Por haragana la verdad —risas— sí, no puedo decir otra cosa. La academia no es para mí, no es mi espacio. De hecho, fui muy buena estudiante. Alguna vez me dieron un diploma de excelencia académica. Pero ese esfuerzo no es para mí. Me he encontrado a mí misma sentada una silla dentro del aula y pensando en otra cosa y no, ya definitivamente no. No es para mí la verdad.


¿Su experiencia en la Editorial Universitaria?

Desde muy joven comencé con el oficio de editora, inicié como correctora, he seguido todos los procesos de manera autodidacta, pero también con cursos. Estudié diseño del libro y diagramación, ahora hago todo el proceso. Ha sido más permanente en mi vida el hecho de editarles a otras personas, a veces pienso que tal vez eso también ha sido un obstáculo, porque cuando uno se dedica a corregirles a otras personas, como que el cerebro pierde un poquito de creatividad, se estanca un poco. Cuando me llega un texto me dedico tanto a corregirlo, darle vuelta, a encontrarle el espíritu y lo mío se queda relegado.

No tengo muy buenas experiencias de mi paso por la Editorial Universitaria, porque el ambiente laboral no era bueno y terminó muy mal, me despidieron sin prestaciones. Fue una etapa de mi vida bastante difícil, oscura. Lo que me alegra de esa experiencia es haberme podido recuperar y haberme podido dedicar a otras cosas con mucha más libertad e independencia que la que tendría formando parte de una institución que tiene, obviamente sus restricciones, como lo es la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH).

Puedo mencionar como una experiencia muy grata haber podido editar la poesía completa de Clementina Suárez. De mi paso por la Editorial Universitaria eso fue lo que me dejó de positivo y recuerdo con mucho cariño esa experiencia.


¿Qué tal fue la experiencia de editar la poesía de Clementina Suárez?

Lo sentí como un reto, pero como una gran satisfacción, como una gran alegría más que todo porque tuve la oportunidad de conocerla, ella tuvo la generosidad de escribir el prólogo para mi libro de poesía y compartí con ella en su casa. Tengo ese recuerdo de esos últimos años que fue cuando la conocí.

Si en algún momento de mi vida me puedo dedicar a escribir, lo asumo. —María Eugenia Ramos.

¿Por qué cree que las mujeres han sido relegadas en la literatura?

Es un reflejo de la sociedad misma, porque eso ocurre en todos los espacios y es como una lucha permanente. Afortunadamente se ha avanzado mucho, digamos en el ámbito internacional hay un nuevo boom que es fundamentalmente de mujeres en los países del Cono Sur, que tiene una gran resonancia. Son grandes escritoras, son mujeres maravillosas, muy accesibles, muy generosas. En Honduras volvemos a lo mismo, este país con este nombre de abismo, a veces pienso que tienen razón las personas que consideran que de repente el nombre del país nos ha marcado, lo más marginal posible dentro de lo marginal.

Obviamente eso se refleja en la literatura, no hay mucho desarrollo. Me alegra ver que hay muchas mujeres que están escribiendo, que se están abriendo caminos por diferentes rutas, porque si no les hacen espacio en los ámbitos tradicionales ella se crean sus espacios, eso es muy positivo. Creo que sí hemos avanzado.

Lo que le hace falta, en general a la literatura hondureña, es un mayor trabajo, no tenemos una verdadera crítica literaria en el país, lo que hay es, por ejemplo, si alguien me cae bien a nivel personal voy a opinar que su obra es maravillosa, no le voy a encontrar defectos. Y viceversa, si alguien me cae mal solo me voy a fijar en los defectos de la obra y no voy a reconocer lo bueno que podría tener, eso nos afecta en general.

En el caso de las mujeres, sí se vive mucha discriminación. Cuando publiqué mi libro de poesía en el año 1989 fui también miembra de la directiva de la que entonces era la Asociación de Escritores de Honduras, ahora, haciendo memoria, me doy cuenta que era un espacio machista, en el momento no me daba cuenta, hay cosas que no se perciben sino que a medida que se avanza y se va adquiriendo más experiencia, que se va creciendo en muchos aspectos en la vida, se logra ver esos ambientes terribles y se deje de frecuentar ciertos espacios.



¿En su carrera se ha encontrado con esas barreras patriarcales?

Como escritora no es eso lo que me ha detenido. Honradamente como escritora he sido yo la que me he puesto los obstáculos en cuanto a que me ha faltado persistencia.

Leí en alguna parte que algunas escritoras son reconocidas en el ámbito masculino en detrimento de otras. No todas, pero algunas sí son reconocidas como una forma de decir: aquí está tu pequeña cuota. Yo no lo sentí, a mí me incluyeron en espacios tradicionalmente masculinos, ahora me doy cuenta de que debí haber aprovechado ese espacio para cuestionar e invitar a más mujeres. No lo hice porque no me daba cuenta, en ese momento no lo sentía.

Parte de lo que leí decía que algunas escritoras encuentran padrinos. Eso ocurrió conmigo, tuve amigos que fueron mis padrinos en el sentido literario, ya mencioné al poeta Rigoberto Paredes a quien siempre le voy a estar agradecida. Le tengo mucho agradecimiento al poeta Óscar Acosta, que también me dio mucho impulso cuando era el editor del suplemento cultural de diario El Heraldo. Recuerdo que él me llamaba y me pedía escribir un artículo. Esos eran los estímulos que necesitaba para escribir y que muy pocas veces se dan en Honduras. Reconozco que eran dos amigos, en este caso, los que fueron mis padrinos y me apoyaron.

Ahora esa situación ha cambiado, me alegra mucho, porque he alentado a otras escritoras jóvenes, me siento muy bien y afortunada de tener la amistad de muchas escritoras jóvenes y aprendo mucho de ellas, en ese sentido hemos avanzado.


¿Cómo ve a la actual generación de escritoras?

Veo que están buscando, es una generación de búsqueda y de autoidentificación, en ese sentido es una generación que está mucho más avanzada que generaciones anteriores, que quizá no tuvimos esa búsqueda o la tuvimos de forma tardía. En mi caso siento que de forma tardía tuve una autobusqueda que se refleja en mi libro Una Cierta Nostalgia. Ellas tienen la fortuna de vivir en una época en la que hay más consciencia sobre las inequidades de todo tipo. Yo viví en una época en la que había mucha consciencia sobre las desigualdades sociales, pero había muy poco o nada sobre la desigualdad de género y ellas sí tienen esa consciencia y están en ese camino de búsqueda. Creo que tienen esa enorme ventaja, han identificado que es necesario esa búsqueda y están en ella, en ese sentido han avanzado mucho.




¿Cómo influyó la obra de Ventura Ramos en su vida?

Diría que su obra, y voy a darle a la obra un sentido más amplio, no solo a la obra escrita, sino a su obra entendida como trayectoria de vida, influyó muchísimo. Pienso y lo que me dicen otras personas —y sé que es verdad— es que tuve ese privilegio, que no todas las personas tienen, tuve un padre muy amoroso que me hizo creer en mi misma, que me dio muchísima confianza y eso es lo que me sostiene. Su obra como trayectoria de vida, porque no era un escritor de literatura, él sí era muy aficionado a la literatura y mis influencias literarios provienen de esos libros que me puso al alcance, mucha literatura rusa, latinoamericana del siglo XX, literatura española también. Además, él era profesor de español y tenía una cultura impresionante y obviamente tenía sus gustos y esos gustos también influyeron en los míos. Le debo muchísimo.


¿Alguna vez sintió la responsabilidad de seguir los pasos de su padre?

Siempre siento esa responsabilidad en el sentido de la honestidad, eso sí, de ser honesta conmigo misma y de vivir conforme a lo que pienso, equivocada o no, ser coherente, pero no lo siento como una carga sino como algo mío. En ese sentido nunca sentí lo que se siente decir: “que tremendo peso”, siempre soy yo, María Eugenia, no tengo que ser igual a mi papá, a mi papá lo amo y siempre lo amaré, pero no soy mi papá, no tengo que serlo.

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