"Somos lo que leemos", entrevista a Óscar Estrada


“Las fronteras entre la ficción y la no ficción son mucho más finas de lo que a veces podemos aceptar. Al final todo lo que escribimos es ficción, aunque lo que estemos describiendo sea la realidad que percibimos”.

—Oscar Estrada

Óscar Estrada (San Pedro Sula, 1974) busca crear una línea de tiempo para poder dar pequeños saltos cuánticos literarios de una voz a otra, de un autor a otro, para conocer y reconocer una región que pareciera se degrada a un mundo oscuro y desconocido. Fundó Casasola Editores en 2012, también en 2016 el periódico digital elpulso.hn, en donde han sido publicadas la mayoría de los artículos de la colección Tierra que vivo (2020). Ha publicado también las novelas El pescador de sirenas, la vida poética de Juan Ramón Molina (2019) e Invisibles, una novela de migración y brujería (2012); así como la colección de cuentos El Dios de Víctor y otras herejías (2015) y el libro Honduras, crónicas de un pueblo golpeado (2013). Como guionista ha trabajado en los largometrajes para cine La condesa (2020), Operación Navidad (2019), Como el xocolatl (2019) y El monstruo de San Judas (2018) de Guacamaya Film, así como varios guiones para televisión y radio. Como editor ha estado a cargo de la edición de más de 50 títulos, ha recibido los premios Best Cover Design y Best Poetry Book Multi-Author 2016, International Latino Book Awards, Los Angeles y Award Winning Autor 2015, International Latino Book Awards, Los Angeles.


Hablar con un escritor es un reto. Preguntar y escuchar respuestas complejas o con puntos de vista distinto a los ya manejados; también es una retroalimentación sobre otros temas también complejos, como esas generaciones de escritores de Centroamérica, una región tan inclasificable pero rica en literatura; tesoro que Casasola Editores se ha propuesto rescatar, para conocer el proceso de cambio generacional, esa voz narrativa y descriptiva que conoció una Centroamérica siempre con problemas, pero muy distinta a los actuales. Violencia, corrupción, narcotráfico, son elementos que sirven para alimentar a esta generación que —como antes— va creando (y criándose) en esas burbujas escondidas en el ajetreo diario de una región dividida en tantos países como miedos.

Estrada se reconoce en una aventura Quijotesca, en esta violenta y corrupta Honduras; se reconoce un individuo que pelea con enemigos que no entienden ningún tiempo, ninguna literatura y ninguna ética. La región centroamericana se dibuja a través de la obra de los artistas, dice, pero ¿qué tanto conocen los escritores la literatura de la que son hijos?, ¿ese pasado convulso de generaciones que también crearon?, ¿qué tanto se conoce la historia de nuestra literatura? Estrada se plantea, con esas preguntas, realizar ese recorrido y de esa manera, escribir el futuro conociendo el pasado.



¿Qué te anima a impulsar la literatura en un país en donde no se lee?

Un poco creo por haber leído El Quijote y asumir como propias las causas perdidas. Uno de los problemas a los que cada generación se enfrenta en el país es no tener una consciencia completa del proceso que nos ha llevado a ser lo que somos.

La literatura es como los sueños, como las fantasías, es el subconsciente colectivo. Cuando un escritor se sienta a escribir un relato es porque hay algo en esa historia que lo tocó, lo motivó a escribirla y a dedicarle el tiempo que tiene que dedicar para lograrla, la historia que sea, podemos hablar de la historia más desconectada que se puede imaginar y siempre va a haber algo de los problemas que enfrentamos en este momento como sociedad.

Haber leído la obra de Enrique Gómez Carrillo me motivó a arrancar con el proyecto de Casasola Editores. Darme cuenta que ya había pasado por mi formación como artista, en donde buscaba el lenguaje creativo, la voz narradora que cada escritor debe tener y reconocer que ignoraba la gran mayoría de los escritores centroamericanos me hizo entender que no era un problema mío: la ignorancia no es una responsabilidad del individuo sino un problema estructural que nos quiere ignorantes, nos cultiva ignorantes, nos crea ignorantes.

Cada generación cree que es la primera que se enfrente a los retos de no tener lectores, de no tener editores, no tener a dónde publicar y estar obligados a trabajar de cualquier cosa para arañar tiempo para poder escribir. Entonces reconocí que no somos la primera generación sino que hay 120 o 130 años de historia de literatura centroamericana que se hizo en condiciones iguales o peores que las nuestras, y que dentro de esas voces, dentro de esas historias hay elementos que nos hablan a nosotros como generación, si sabemos leerlos, para poder tener los elementos y entender qué es lo que nos están diciendo autores de hace 100 años. Qué Honduras, Nicaragua o qué Guatemala nos están describiendo y poder ver, a partir de esas lecturas, cuánto se ha avanzado y hacia a dónde vamos.

Para mí el esfuerzo de recoger toda la literatura Centroamericana —obviamente no daré abasto, es mucho lo que hay—, pero buscar estos elementos y construir una voz centroamericana que me hable tanto desde el pasado como desde el presente, es con el propósito de crear una línea de tiempo en el subconsciente centroamericano que permita entender hacia a dónde vamos, basado en las condiciones actuales y de esto surge el proyecto de Clásicos Centroamericanos de Casasola Editores.

Así conocí las preocupaciones que había en autores como Carlos Gagini Chavarría en Costa Rica, Francisco Lainfiesta Torres o Máximo Soto Hall en Guatemala, o Rubén Darío de quien hay muchas obras que aún son desconocidas y esas preocupaciones, como autores centroamericanos, cuando logremos conocerlas, nuestra literatura en general dará un paso hacia la literatura universal.

El problema es que aún seguimos escribiendo hacia nosotros, sin entender que eso no existe y es porque nos hace falta la base que nos permita entender que hay mucho que ya se dijo, que ya se construyó y no tiene caso que lo volvamos a hacer y, si lo hacemos, es perder el tiempo porque ya lo dijeron. Entonces es importante que sepamos qué fue lo que se dijo y si queremos decir algo más o algo distinto, o construir sobre eso lo podemos hacer, pero con una base.


Datos: Casasola Editores ha publicado más de 16 autores hondureños.


¿Existe un mercado de literatura de la región?

No existe un mercado de literatura centroamericana. Lo que existe son pequeños espacios que se han creado que tienen pequeños mercados cautivos, docentes que escriben su poemario y se lo venden a todos sus estudiantes o en la universidad en donde se ha dado mucho. Eso no es crear un mercado. Crear un mercado literario es crear un intercambio entre las voces que están escribiendo y los lectores, es poder saber cuáles son las características de la literatura en Nicaragua, desde mi visión como lector y saber que se puede hacer desde la apuesta editorial.

Todas las ediciones en Centroamérica en estos momentos son auto publicaciones, y no hay nada de malo en eso, porque creo que, si uno no apuesta a su propia literatura ¿por qué tendría que esperar que alguien más lo haga? Pero se comete la injusticia de no saber cuándo el proyecto está completo o ya listo para ser publicado, desde los cánones más conservadores de la literatura, porque si nadie más que nosotros participó en el proceso, es posible que aparte de nosotros —y quizás nuestras madres y abuelas— nadie más lo lea.

Involucrar colectivos dentro del proceso editorial me garantiza que sea un producto que llegue a más personas. No hay un mercado, existe la posibilidad de crearlo sí, basado en esta postmodernidad que nos permite comunicarnos con más rapidez y esta tecnología que nos permite comenzar a soñar en un mercado centroamericano unificado y entender los elementos que compartimos con otros países. Por ejemplo: en Honduras hay una tendencia literaria hacía una literatura negra que narra y cuente la violencia, pero en Nicaragua tienen otros problemas, otros retos y a lo mejor en Costa Rica tienen otros, y así en El Salvador y Guatemala otros, no necesariamente estamos escribiendo lo mismo, no necesariamente estamos escribiendo igual, pero luego cuando podamos ver todo en su conjunto vamos a poder ver eso que sí es igual. Que sí se comparte.

¿Por qué casi siempre el camino del escritor es el de la precariedad?

No siempre. Han habido ejemplos de escritores que cuentan con el beneficio del mecenas, autores como Lope de Vega, ha habido autores que han contado con el beneficio del mecenas. Pero incluso allí: cuando el Rey de España en el siglo de Oro apoyó formalmente la creación de literatura y las artes en general; en esa misma época se creó el Museo del Prado, es porque existe un proyecto de nación, hay un proyecto de país. En el caso de Honduras, cuando más se apoyó la producción literaria fue en el gobierno de Manuel Bonilla (1903–1907) porque había un proyecto que buscaba hacer un país.

Lo que hace la literatura y el arte es crear símbolos colectivos y esos símbolos se traducen a la población en ideales unificadores. En el caso de Centroamérica, ese proyecto no ha existido o ha existido muy marginal, producto de la inestabilidad política y la mediocridad de las élites, eso, por un lado, por otro lado, el autor tiene que enfrentarse con la realidad de que para producir Arte requiere de una inversión de tiempo que no necesariamente se va a pagar. Es un tiempo que nadie lo paga y debe ser sacrificado de otro oficio que tal vez sí se pagaría. Eso pone al artista en una posición precaria a nivel de capacidad de producir ingresos. Por otro lado, los artistas tenemos sensibilidad de ver las cosas que quizá para otras personas, con otro nivel de sensibilidad no son tan evidentes, la capacidad que tiene el poeta de reconocer la poesía y el momento poético requiere un nivel de sensibilidad que a veces impide la normalidad en la vida en un ambiente en donde se nos valora por tener y generar recursos.

¿Un artista puede generar los suficientes recursos para poder vivir de las obras?

En este momento no. A lo más que podemos aspirar es que producto de nuestro trabajo se nos reconozca a través de otro tipo de proyecto. Casi todos los que trabajamos en literatura tenemos otra profesión y de ahí nos mantenemos. Tampoco creo que debe ser obligación de la literatura, porque si producimos literatura para generar dinero como propósito único del escritor, produciremos literatura para el mercado y nos estaríamos alejando de esa necesidad de contar eso que resulta incómodo y necesario.

¿La literatura debe de mantenerse en ese espacio en el que se pueda vivir de eso, pero sin perder las perspectivas?

Para no perder la perspectiva de la vida, del pueblo. Han habido escritores que escriben desde la élite, que tienen un talento particular y que logran conectar con el lector desde otras necesidades. Lo que cuenta la literatura es aquello que el lector no tiene capacidad de decirlo de la misma manera, pero lo siente.


Datos: Desde 2012, Casasola Editores cuenta con un catálogo de 55 libros.


¿Existe la buena literatura y la mala literatura?

Existe la literatura no formada que se puede calificar como la mala literatura, aquella que carece de fondo y de estudio, es la poesía que cree que es poesía porque está rimando, es la novela que cree que es novela porque es larga. Existe la mala literatura, pero no le quito valor, porque de entrada tenemos que respetar el tiempo que cada quien invierte en su trabajo, porque es una inversión importante de tiempo, pero también tengo que respetar mi tiempo como lector y si sé que esto que estoy leyendo no me está dando nada, no tengo porqué seguir leyéndolo.

¿Este mundo de pandemia y el que viene postpandemia, será el punto de inflexión para que se privilegie más las artes?

Creo que en este momento hay muchas artes sufriendo, como el teatro, por ejemplo, pero como es un arte muy resiliente podrá reconstruirse y recuperarse. La literatura es un arte que se alimenta del aislamiento, de la autorreflexión y del tiempo a solas, pero para ver esos resultados faltará tiempo, porque aún no procesamos lo que ha sido este aislamiento para nosotros como escritores.

La literatura que se está produciendo ahora en Honduras es la que nos explica la violencia de hace 10 años, que nos busca explicar ese fenómeno, ese trauma, como Instantánea de Isaac Suazo o del trabajo de los escritores de San Pedro Sula. Toma tiempo poder procesar esa experiencia de vida y toma tiempo poder escribirla.

Creo que este es el momento en el cual vamos ir viendo un cambio, porque las herramientas de comunicación no son extrañas. Sigue siendo el reto competir con streamings y programas de televisión muy buenos que es nuestra competencia más inmediata.

¿En cuánto tiempo se podría comenzar a leer las obras postpandemia?

En unos dos años cuando los procesos maduren. Dentro de la pandemia ha habido etapas, como al inicio cuando fue una disrupción de nuestra forma de vida y no nos acostumbrábamos al encierro. Por ejemplo, si alguien comenzó hace seis meses a escribir, si es una producción elaborada, ha tenido seis meses para escribirse y ahora sigue la etapa de la reescritura, porque no todo puede salir en la primera y hay que desconfiar de la inspiración. Entonces serán productos que comenzaremos a ver el próximo año.

¿Se podrá leer algo más vanguardista o seguiremos leyendo la literatura prepandemia?

Es difícil saberlo porque estamos viviendo ese proceso. Siento que dependerá de con qué nos alimentamos, porque al final la literatura no es más que un proceso digestivo, refleja aquello que leemos. Somos lo que leemos, especialmente como escritores, somos lo que leemos y si en este tiempo hemos leído mucho, como ha ocurrido en muchos casos, eso veremos. Ha habido un aumento en las lecturas de la gente porque no se puede pasar viendo televisión todo el tiempo.

Cada disciplina artística está sufriendo características muy particulares de esta crisis. Veo la pandemia y la literatura de pandemia, como ha sido la literatura anglosajona y del norte de Europa que tiene una gran producción en gran medida debido a los inviernos que son prolongados y solos. El aislamiento en la cultura en los Estados Unidos no es algo nuevo, cuando hay seis meses de invierno. Hace 100 años leer era lo único que se podía hacer, y algunos pues, escribir y de esos elementos se generaban productos interesantes. Algo parecido podría ocurrir con este proceso de hibernación pandémica en la literatura.

Cada país está viviendo un proceso muy distinto, por ejemplo, lo que llaman en Nicaragua la generación del desasosiego, esa generación que viene del dos mil y la generación traicionada que son una generación de escritores hijos de la guerra, están escribiendo desde una realidad muy distinta a la que están escribiendo en Honduras. Ahí hay una gran diferencia, nosotros escribimos en contra de un sistema muy injusto, una dictadura, pero no hemos tenido el espacio de decir que hubo una revolución que ahora está en contra de esos escritores.

¿Esa falta de una revolución en Honduras ha influido en los escritores?

Claro que sí, porqué los escritores nos alimentamos de esas energías, frustraciones, de esos anhelos sociales, no estamos viviendo en una torre de marfil. Nos alimentamos de esa realidad y de alguna forma buscamos explicarla e imaginarla diferente y las realidades que vivimos son distintas.

La literatura de violencia que comenzamos a ver hace cinco años en Honduras en novelas como la de Jorge Martínez, de Isaac Suazo Erazo o las de Geovanni Rodríguez y otras novelas, que son violentas, o esa literatura desesperada de la etapa cuando se perdió la lucha contra el Golpe de Estado de 2009, que era muy desesperanzadora.

Estamos viendo una generación de artistas que se alimentan de miedo y violencia ¿llegará un tiempo en el que aburra?

Lo que pasa es que cambia porque el escritor escribe pensando en lo que el lector quiere leer o necesita leer. En este proceso que estamos teniendo un nivel de comunicación bastante homogénea, porque, aunque las realidades son distintas en Nicaragua y en Honduras se están viendo los mismos programas y las mismas interacciones en redes sociales.



¿Cómo ha sido el proceso de convertirte en editor?

Ha sido un proceso en el cual he aprendido mucho. Al principio metía mucho menos la mano en el proceso de escritura, ahora tengo más elementos para poder meterme en la edición de los textos, porque no me formé como editor, surjo como editor por la ausencia de editores. Es algo que disfruto hacerlo porque me ha permitido conocer la literatura que se está escribiendo y conocer a los autores y poder hacerme una idea de cuáles son los temas que más importan en este momento en la región, Nicaragua y Honduras, que es donde más publicaciones hemos hecho.

Algo que he disfrutado mucho es poder tener colaboración directa con escritores y sentir que mi ayuda es importante, para que su libro resulte un producto de mayor calidad y con mayor respeto para el lector, porque uno de los roles como editor es servir de intermediario entre el autor y el lector.

¿Cómo ha sido el proceso del rescate de obras clásicas centroamericanas?

El gran acierto que hemos tenido en Casasola Editores ha sido apostar por el proyecto de los Clásicos Centroamericanos, por la oportunidad de encontrar esa voz centroamericana en la literatura de hace 70, 100 años. Ha sido un proceso complicado poder rescatarlos, algunos libros no aparecen en ningún lado. Hemos tenido que hacer rescates en las bibliotecas en especial en los Estados Unidos, la biblioteca del Congreso, la de Harvard que tienen muy buenas colecciones latinoamericanas. Lo más difícil ha sido migrar todos los textos en físico al formato digital porque es manual el proceso.

En el caso de El Vampiro de Froylán Turcios, ese libro, el texto lo rescatamos de la edición que hay en la biblioteca del Congreso de los Estados Unidos, una copia de la edición de 1930, la segunda edición, porque la primera se perdió y con esa edición notamos que había un error en la numeración de los capítulos y en la narración de un personaje y cuando lo analizamos concluimos que había sido un error de transcripción y corregimos eso, con la idea de hacerlo más fácil.

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Fernando Destephen (Comayagüela 1985) Fotógrafo y periodista cultural, reportero de Criterio.hn Autor del poemario Código de Ecos (2015).


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