• Albany Flores Garca

"Tierra de Narcos": una periodización del narcotráfico en Honduras

Antes del asesinato de los esposos Mario y Mary Ferrari en 1977, hubo remotos incidentes relacionados con las drogas (específicamente con la cocaína) en Honduras. Uno de ellos fue el homicidio del antiguo director del hospital San Felipe, de Tegucigalpa, doctor Sánchez Ursino, quien en la década de 1940 fue víctima de una sobredosis impuesta —se dijo— por un alto funcionario del régimen de Tiburcio Carías.

Pero el asesinato de los esposos Ferrari, cuyos cuerpos fueron encontrados en un pozo de lo que ahora es la colonia Cerro Grande de la capital hondureña, marcó —según propone el escritor Óscar Estrada— el inicio señero del narcotráfico en Honduras.

Estrada presenta tres momentos importantes en la historia del narcotráfico. En esa periodización primaria, el autor reconoce que el narcotráfico, con poder reconocible, nació a finales de la década de 1970, y que en su creación intervinieron la CIA, la DEA, el alto mando militar hondureño de la época y, de forma aislada, civiles como Ramón Matta Ballesteros o los propios esposos Ferrari.

La primera fase se refiere a la necesidad de los Estados Unidos de gestionar recursos económicos para financiar la guerra contrarrevolucionaria al sandinismo nicaragüense que había derrumbado la dictadura de Anastasio Somoza, sobre todo después de que el Congreso estadounidense vetara el acceso de fondos al Ejecutivo para invertir en guerras “de terceros” tras el escándalo Irán/contra.

Ante esa prohibición, el gobierno de Reagan encontró en los carteles mejicanos y sudamericanos una oportunidad para financiar el proyecto contrarrevolucionario, por lo que infiltró los carteles para obtener de ellos las armas y el dinero.

Para cumplir ese propósito, Estados Unidos utilizó a los militares hondureños durante gran parte de la década de los ochenta para que la droga pasara libremente de Sudamérica a México. Una vez culminado el proceso contra Nicaragua, jefes militares hondureños tomaron el control del negocio hasta la captura en 1999 del militar Wilfredo Leva Cabrera en Nicaragua, un hecho que marcó el “final” del poderío narcomilitar.

La segunda etapa dio inicio con el aparecimiento de los entonces modestos carteles de los Valle Valle, Aníbal Echeverría Ramos “Coque” (antecesor de Los Cachiros), el “Negro” Lobo, Emilio Fernández “Don H” y otros que, hasta hace solo unos años, eran considerados los señores de la droga y los dueños del país. Muchos de estos, y otros, fueron extraditados y guardan prisión en Estados Unidos o están muertos.

La tercera etapa habría iniciado con la aprobación de la extradición y el debilitamiento de los “señores de la droga”, dejando el negocio en manos de las maras. Para Estrada —y sus informantes—, esta última etapa ha sido la más violenta de todas, pues al no existir un capo que controle grandes sectores, las maras se matan sin piedad por el control de territorios.

El libro sugiere que la erradicación de las maras al frente del narcotráfico será mucho más duro y difícil que la de los capos, pues al contrario de los capos, a quienes se podía identificar, rodear y capturar, las maras son una red interminable casi imposible de reconocer plenamente, rodear o exterminar.

Óscar Estrada ha dado seña en este libro de un gran trabajo investigativo sobre un tema aún prohibido en la narrativa periodística hondureña. Pero no es juez ni parte de los hechos, sino un canal necesario para que los testimonios, documentos y fuentes hablen por sí mismos, y para que, en un futuro, reflexionemos sobre todo el dolor, sangre y derrota que el narcotráfico ha dejado en Honduras.



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